La verdad científica distorsionada por la narrativa social

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La ciencia moderna, consolidada a partir de la Revolución Científica, mantiene un objetivo estable: describir regularidades naturales que existen con independencia de cualquier marco social o tecnológico; este objetivo continúa a lo largo de toda la evolución científica, alcanzando la ciencia contemporánea con mayor capacidad tecnológica pero con la misma esencia. La tecnología contribuye al progreso científico porque amplía la capacidad de observar, medir y experimentar, pero no altera la finalidad de la ciencia ni su estructura conceptual; es un efecto práctico del conocimiento científico, no su fundamento. La práctica científica contemporánea se desarrolla en redes híbridas donde intervienen humanos, instrumentos, máquinas y sistemas técnicos, incluida la inteligencia artificial (IA), pero esta dimensión posthumanista no modifica la naturaleza de la ciencia, sino el modo en que se ejecuta. Paradigmas, falsación y programas de investigación fueron intentos históricos de explicar la dinámica del conocimiento, pero ninguno de ellos cambia el hecho central de que la ciencia progresa porque capta estructuras del mundo que permanecen estables. Como se ha dicho, “la verdad es única en su esencia, aunque se manifieste de manera diversa según las condiciones en las que aparece” (FilosofoCientífico 2026a). Esta distinción entre la estructura del mundo y las categorías con las que lo describimos permite comprender por qué la ciencia avanza hacia conocimiento verídico incluso cuando la sociedad genera narrativas que lo distorsionan.

La historia de la racionalidad muestra que la búsqueda de principios de inteligibilidad ha sido una constante desde los presocráticos hasta la ciencia contemporánea, y esta continuidad puede comprenderse desde una propuesta que articula la verdad en su dimensión natural y social (FilosofoCientífico 2026a). El arjé presocrático no era un mito, sino un intento de identificar estructuras estables que permitieran comprender la diversidad del mundo como derivación de una unidad racional (Pagès 1983; FilosofoCientífico 2026b). La ciencia moderna retoma este gesto mediante un enfoque interdisciplinar que emplea modelos matemáticos, procedimientos de inferencia y evidencias empíricas para reconstruir la estructura y la evolución de los sistemas naturales en distintos niveles, desde lo cosmológico hasta lo físico y lo biológico (FilosofoCientífico 2026c). Esta continuidad racional se expresa también en la transición del arjé presocrático a los modelos cosmológicos contemporáneos, donde el origen mítico es sustituido por un origen racional que supera el antropocentrismo (FilosofoCientífico 2026b). 

La sociedad opera en un nivel distinto al de la ciencia: genera relatos, expectativas y estigmas que no describen la estructura del mundo, sino que la interpretan desde categorías simbólicas, morales o políticas. Esta diferencia explica por qué la ciencia progresa de manera acumulativa mientras la sociedad produce narrativas que pueden distorsionar los hechos. Los modelos clásicos que intentaron describir la dinámica del conocimiento no lograron explicar cómo se articulan naturaleza, prácticas y dispositivos técnicos en la producción de hechos. El nexo, tal como lo formula FilosofoCientífico, designa el punto donde las regularidades naturales y los significados sociales se conectan mediante prácticas y modelos que permiten que ambos niveles funcionen de manera coherente (FilosofoCientífico 2026b).

Esta arquitectura epistemológica permite comprender por qué la ciencia mantiene una orientación estable hacia la verdad natural incluso cuando la sociedad genera narrativas que la distorsionan (FilosofoCientífico 2026a). La ciencia capta regularidades del mundo y las estabiliza mediante prácticas que permiten reproducirlas, mientras que la sociedad interpreta esos avances desde marcos simbólicos que no modifican la estructura natural. Esta diferencia delimita el problema que el artículo aborda y permite situar el análisis en la relación entre producción científica y recepción social del conocimiento. En este marco, los desarrollos de FilosofoCientífico en 2026c y 2026b ofrecen una base conceptual para articular una comprensión unificada de la racionalidad científica y su continuidad histórica.

La ciencia progresa mediante la identificación y estabilización de regularidades naturales que no dependen de marcos sociales, mientras que la sociedad interpreta esos avances desde categorías simbólicas que pueden distorsionar su significado público sin alterar su contenido epistemológico. Esta diferencia entre producción científica y recepción social del conocimiento permite comprender cómo pueden surgir narrativas que desvían la comprensión pública de hechos cuya estructura permanece estable en la práctica científica.

La diferencia entre la producción científica y su interpretación social no es solo conceptual, sino que se manifiesta de manera clara en situaciones concretas. Para mostrar cómo opera esta distancia en la práctica, el análisis se detiene ahora en dos casos en los que la estructura del conocimiento científico y las narrativas sociales siguen caminos distintos. Los dos casos que se exponen son el de las células madre y el de las infecciones por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

Respecto al caso de las células madre, debe señalarse que, desde un punto de vista biológico, las células madre o troncales —como prefieren denominarlas muchos investigadores— son células con capacidad de autorrenovación y, cuando es necesario, de diferenciarse en células especializadas. El estudio de estas células abrió nuevas posibilidades terapéuticas en medicina regenerativa y su uso biomédico se integró en lo que hoy se conoce como terapias avanzadas, que incluyen la terapia celular, la terapia génica y determinadas técnicas de reproducción asistida.

Independientemente de estos avances científicos, la sociedad reaccionó de manera ambivalente. Por un lado, surgieron detractores del uso de células madre embrionarias, especialmente en debates donde intervienen valores éticos, morales, religiosos y filosóficos. La controversia gira en torno a si un embrión —o incluso un cigoto— puede considerarse un ser humano. Esta discusión remite a la distinción aristotélica entre ser en potencia y ser en acto, y conduce a la pregunta, difícil incluso desde la perspectiva científica, de cuándo un feto puede considerarse un ser humano en acto. A ello se suma la cuestión de si es ético manipular células madre embrionarias tanto para fines terapéuticos en medicina regenerativa como para otros usos asociados a la eugenesia o la clonación humana.

La intensidad de esta controversia, alimentada en gran parte por el rechazo social a la clonación humana —incluso con fines terapéuticos— y a la manipulación de líneas germinales, impulsó a la comunidad científica a desarrollar técnicas de reprogramación celular. Estas permitieron convertir células somáticas en células madre de pluripotencia inducida (Shi 2017), que presentan un comportamiento muy similar al de las células madre embrionarias sin generar los conflictos éticos asociados a estas últimas. Se trata de una tecnología con ventajas evidentes, aunque todavía con numerosos aspectos por esclarecer.

Desde la perspectiva de la teoría del actor-red (Domènech Argemí y Tirado Serrano 2021), las células madre funcionan como auténticos actantes que mantienen redes de interacción constantes con la sociedad, generando incluso innovaciones tecnológicas destinadas a estabilizar esta forma de conocimiento y hacerla aceptable para los distintos grupos sociales implicados. 

Paralelamente, otro sector de la población elaboró narrativas que presentaban las células madre como una panacea capaz de curar cualquier enfermedad y regenerar órganos y tejidos, generando expectativas irreales que contrastaban con el ritmo real del progreso científico.

Pese a las narrativas sociales que anunciaban la inminente clonación de seres humanos, nunca se llegó a clonar un individuo en el sentido de producir una réplica genética completa. La clonación reproductiva humana está prohibida en prácticamente todos los países, y en el contexto español la legislación limitó estrictamente el uso de embriones para investigación. La Ley 14/2007 de Investigación Biomédica establece los límites del uso de embriones y prohíbe la clonación reproductiva, en consonancia con el Convenio de Oviedo, que impide la creación de embriones con fines exclusivamente investigativos (España 2007; Consejo de Europa 1997).

Por otro lado, tampoco se desarrollaron los tratamientos y expectativas que algunos sectores sociales y mediáticos anunciaban como inminentes. No se produjo la regeneración completa de órganos ni la cura universal de enfermedades degenerativas, aunque la investigación sí dio frutos relevantes, como el desarrollo de células madre de pluripotencia inducida, la generación de organoides y la creación de modelos celulares personalizados (Shi 2017). Estos avances muestran cómo la parte científica progresa de manera acumulativa, mientras que las narrativas sociales distorsionan el conocimiento disponible, generando controversias y falsas esperanzas que no se corresponden con el ritmo real del progreso biomédico.

En cualquier caso, conviene subrayar que sí se consolidaron algunos usos clínicos de las células madre en ámbitos muy concretos. El ejemplo más establecido es el trasplante de células madre hematopoyéticas, que se ha convertido en un tratamiento estándar para diversas neoplasias hematológicas y enfermedades de la sangre, y que constituye uno de los primeros casos de terapia celular aplicada de forma sistemática en la clínica (Copelan 2012). Asimismo, las células madre mesenquimales se han explorado como herramienta terapéutica en patologías inflamatorias y autoinmunes, con resultados prometedores pero aún limitados y sometidos a ensayos clínicos en curso, como muestran los estudios piloto en lupus eritematoso sistémico y en enfermedad de Crohn, donde se han observado mejoras parciales pero todavía insuficientes para su aplicación generalizada (Sun et al. 2010; Zhang et al. 2018). En el campo de la oftalmología, las terapias basadas en células madre para la reconstrucción del limbo corneal en casos de deficiencia de células madre limbares han pasado del laboratorio a la práctica clínica, constituyendo uno de los ejemplos más claros de medicina regenerativa aplicada (Dąbrowska y Skopiński 2017). Estos desarrollos muestran que, frente a las narrativas sociales que proyectaban una revolución terapéutica inmediata, la realidad científica ha avanzado de manera localizada y gradual, consolidando algunos tratamientos específicos mientras otras expectativas permanecen en el terreno de la investigación.

El caso del VIH constituye un ejemplo todavía más claro de la diferencia entre el conocimiento que aporta la ciencia y las construcciones sociales que pueden llegar a distorsionarlo. A comienzos de la década de 1980 se observaron en Estados Unidos varios casos inusuales de neumonía por Pneumocystis carinii y sarcoma de Kaposi en hombres homosexuales previamente sanos, lo que llevó a identificar una nueva entidad clínica que posteriormente recibiría el nombre de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) (CDC 1981a; CDC 1981b). Debido a que los primeros casos se detectaron en homosexuales masculinos, amplios sectores de la sociedad asociaron la enfermedad con la orientación sexual de los afectados y algunos grupos conservadores llegaron a interpretarla como un castigo moral o divino derivado del abandono de los valores tradicionales (Herek y Capitanio 1999; Treichler 1999).

 Poco después comenzaron a aparecer casos entre usuarios de drogas por vía intravenosa, personas hemofílicas y receptores de transfusiones de sangre, lo que puso de manifiesto que las interpretaciones sociales iniciales no reflejaban adecuadamente la realidad biológica del problema. Mientras la sociedad construía narrativas morales e identitarias, la investigación científica continuó avanzando hasta identificar el agente causal de la enfermedad, un retrovirus posteriormente denominado Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) (Barré‑Sinoussi et al. 1983; Gallo et al. 1984). La ciencia demostró que la transmisión dependía de determinadas prácticas de riesgo y de mecanismos biológicos concretos, no de la pertenencia a un colectivo determinado. El virus no distinguía entre orientaciones sexuales, condiciones genéticas, creencias religiosas o adscripciones morales; cualquier individuo era susceptible de infección si se exponía a las vías de transmisión adecuadas.

 A partir de ese momento, la ciencia y las narrativas sociales siguieron trayectorias muy diferentes. Mientras algunos sectores reclamaban un regreso a modelos morales restrictivos centrados en la regulación de la conducta sexual, otros exigían soluciones biomédicas capaces de prevenir y tratar la infección. La respuesta científica se materializó primero en estrategias preventivas basadas en métodos de barrera y posteriormente en el desarrollo de tratamientos antirretrovirales cada vez más eficaces. Aunque el VIH sigue siendo, a día de hoy, una infección sin curación definitiva, los avances farmacológicos han transformado una enfermedad que en sus inicios era prácticamente mortal en una condición crónica controlable. Las personas infectadas pueden llevar una vida prácticamente normal y, cuando alcanzan una carga viral indetectable gracias al tratamiento, el riesgo de transmisión sexual desaparece en la práctica clínica (Palella et al. 1998; Eisinger, Dieffenbach y Fauci 2019).

 Este caso muestra con especial claridad la tesis defendida en este trabajo. La ciencia avanzó de forma acumulativa mediante el estudio del virus, de sus mecanismos de transmisión y de las estrategias terapéuticas más eficaces. La sociedad, por el contrario, generó estigmas, interpretaciones morales y narrativas identitarias que poco tenían que ver con la naturaleza biológica de la infección. Mientras la ciencia producía conocimiento cada vez más preciso, la esfera social construía relatos que distorsionaban su comprensión pública.

 Los casos analizados muestran que la ciencia y la sociedad operan sobre planos distintos de la realidad. La ciencia progresa mediante la identificación de regularidades naturales y la construcción de modelos cada vez más precisos para describirlas, mientras que la sociedad interpreta esos mismos avances mediante categorías simbólicas, morales, políticas o culturales. Las controversias en torno a las células madre y las narrativas asociadas al VIH no alteraron el desarrollo interno de la investigación científica, pero sí condicionaron profundamente su percepción pública. Mientras las expectativas sobre las células madre cambiaban con cada nuevo debate y los estigmas asociados al VIH se transformaban a lo largo de las décadas, la investigación siguió avanzando, acumulando conocimiento y corrigiendo errores sobre una realidad biológica que permanecía independiente de dichas interpretaciones.

 La principal enseñanza de estos casos es que la verdad científica no depende de las narrativas sociales que intentan apropiarse de ella. Las narrativas pueden amplificar, distorsionar, dramatizar o moralizar los hechos, pero no modifican las regularidades naturales que la ciencia estudia. La sociedad fabula; la ciencia corrige. La sociedad interpreta; la ciencia contrasta. La sociedad transforma los hechos en relatos; la ciencia transforma los relatos en problemas que pueden ser sometidos a prueba. Por ello, la historia de las células madre y del VIH no demuestra la relatividad del conocimiento científico, sino precisamente lo contrario: demuestra que el progreso de la ciencia continúa incluso cuando las interpretaciones sociales cambian, se equivocan o desaparecen.

 Bibliografía 

Barré‑Sinoussi, Françoise, et al. 1983. “Isolation of a T‑Lymphotropic Retrovirus from a Patient at Risk for Acquired Immune Deficiency Syndrome (AIDS).” Science 220 (4599): 868‑871.

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Copelan, Edward A. 2012. “Hematopoietic Stem‑Cell Transplantation.” New England Journal of Medicine 366 (23): 2255–2265.

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Domènech Argemí, Miquel, y Francisco Javier Tirado Serrano. 2021. La teoría del actor-red: una aproximación simétrica a las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.

Eisinger, Robert W., Carl W. Dieffenbach, y Anthony S. Fauci. 2019. “HIV Viral Load and Transmissibility of HIV Infection: Undetectable Equals Untransmittable.” JAMA 321 (5): 451‑452.

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FilosofoCientífico. 2026b. Del origen mítico al origen racional: arjé, Big Bang y la superación del antropocentrismo. 11 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/del-origen-mitico-al-origen-racional-arje-big-bang-y-la-superacion-del-antropocentrismo/

FilosofoCientífico. 2026c. Ciencia y verdad: hacia una teoría posthumana del conocimiento. 3 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/ciencia-y-verdad-hacia-una-teoria-posthumana-del-conocimiento/

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