El forastero y la comunidad
En el actual mundo globalizado, en los diferentes países, ciudades y pueblos conviven personas de muy diversos orígenes, nacionalidades, culturas, etnias y creencias religiosas. Algunas de ellas son simples visitantes que permanecen de forma temporal por motivos personales o profesionales, ya sea para reencontrarse con familiares, realizar negocios o atender cualquier otra actividad concreta. Otras son turistas interesados en conocer nuevos lugares, paisajes, monumentos o culturas. Finalmente, están los forasteros, aquellos que han decidido incorporarse de manera permanente a una comunidad distinta de aquella en la que se han desarrollado. Sobre esta última figura versará principalmente el presente escrito, aunque, como se verá, las diferencias entre visitantes, turistas y forasteros resultan esenciales para comprender el problema de la pertenencia a una comunidad.
Para comprender la figura del forastero, resulta útil acudir al análisis de Alfred Schütz en su ensayo sobre esta cuestión. Para este autor, el principal problema del forastero no es simplemente que proceda de otro lugar o que posea una cultura diferente, sino que carece de las pautas culturales que permiten desenvolverse con naturalidad dentro de la comunidad a la que desea incorporarse. La vida cotidiana de cualquier grupo humano se apoya sobre un conjunto de conocimientos prácticos, hábitos, costumbres y reglas no escritas que sus miembros utilizan de manera casi automática. Se trata de saberes generalmente superficiales, pero indispensables para orientarse en la vida social (Schütz 2012).
Una persona puede realizar la compra cada semana sin tener conocimientos de agricultura, ganadería, logística o economía. Sin embargo, debe saber cómo funciona un supermercado, dónde encontrar los productos, cómo interpretar los precios o cómo realizar un pago. Del mismo modo, para participar en una comunidad no es necesario conocer en profundidad todos los elementos que la componen, pero sí conocer las pautas que permiten desenvolverse adecuadamente en la vida cotidiana.
Según Schütz, el forastero se encuentra inicialmente privado de ese conocimiento práctico. Mientras que los miembros de la comunidad consideran naturales muchas de sus costumbres, valores y formas de actuación, el forastero debe interpretarlas conscientemente una por una. Aquello que para los demás resulta evidente se convierte para él en un problema que necesita ser comprendido. Por esta razón, la incorporación a una nueva comunidad implica un proceso de aprendizaje mediante el cual el forastero intenta convertir en familiar lo que en un primer momento le resulta extraño. Cuando este proceso culmina con éxito, la pauta cultural de la comunidad receptora termina convirtiéndose también para él en una forma de vida natural e incuestionada (Schütz 2012).
Sin embargo, es precisamente aquí donde aparecen algunas cuestiones que merecen ser examinadas con mayor detenimiento. La explicación de Schütz parece situar todo el peso de la integración sobre el recién llegado. Es el forastero quien aprende, quien modifica sus esquemas de interpretación y quien acaba adaptándose a las pautas de la comunidad receptora. Esta última, por el contrario, aparece como una realidad relativamente estable cuya transformación apenas se contempla.
Vista desde esta perspectiva, la integración parece consistir fundamentalmente en un proceso de adaptación unilateral. El forastero deja progresivamente de serlo en la medida en que interioriza las pautas culturales del grupo y aprende a desenvolverse dentro de ellas. Sin embargo, esta interpretación plantea un interrogante importante: ¿es realmente así como funcionan los procesos de integración?
La realidad social parece indicar que esto no siempre sucede así. Los forasteros rara vez se limitan a recibir pasivamente las pautas culturales de una comunidad. También introducen nuevas prácticas, valores, experiencias y formas de comprender el mundo. Del mismo modo, las comunidades receptoras no permanecen inmóviles. El contacto prolongado con la alteridad modifica costumbres, transforma instituciones y genera nuevas formas de relación que no existían con anterioridad.
Desde una perspectiva relacional, la integración difícilmente puede entenderse como la simple absorción del forastero por parte de la comunidad. Más bien parece constituir un proceso de transformaciones recíprocas en el que cambian tanto quienes llegan como quienes reciben. Esta posibilidad obliga a replantear la figura del forastero y marca el eje de la reflexión que sigue.
Una visión de este tipo resulta difícil de encajar en aquellas concepciones que entienden la integración como la simple adaptación del recién llegado a una comunidad previamente constituida. En estos modelos, la comunidad ocupa una posición central y relativamente estable, mientras que el forastero aparece como el único actor obligado a transformarse. La diferencia es aceptada únicamente en la medida en que abandona progresivamente aquello que la hace diferente.
Determinadas corrientes críticas han señalado que algunas formas de humanismo moderno contribuyeron a legitimar procesos de asimilación cultural, imperialismo y colonialismo al presentar una concepción particular del ser humano, de la sociedad o de la civilización como modelo universal al que debían aproximarse todos los demás (Dussel 1994; Quijano 2000; Mignolo 2011; Braidotti 2013). Desde esta perspectiva, la alteridad deja de ser considerada una fuente potencial de transformación para convertirse en algo que debe ser corregido, incorporado o absorbido por el orden existente.
Sin embargo, si observamos con detenimiento numerosos procesos históricos de integración, encontramos una imagen diferente. La incorporación de nuevos actores no transforma únicamente a quienes llegan. También modifica a las comunidades que los reciben. La integración deja entonces de aparecer como un movimiento unilateral y pasa a entenderse como un proceso de transformaciones recíprocas en el que ninguna de las partes permanece completamente inalterada.
Desde una perspectiva relacional, la comunidad no puede entenderse como una estructura fija cuyo único papel consiste en absorber a los recién llegados. Toda comunidad constituye una realidad dinámica que se encuentra en permanente transformación. La cuestión ya no consiste únicamente en cómo el forastero aprende las pautas culturales de la comunidad receptora, sino también en cómo la propia comunidad se reconfigura a través de su encuentro con la alteridad. Cuando este proceso tiene éxito, el resultado no es la simple desaparición de la diferencia, sino la aparición de nuevas formas de convivencia surgidas de la interacción entre actores distintos.
La película Profesor en Groenlandia (Collardey 2018) permite observar con claridad las limitaciones de este modelo de integración. Anders Hvidegaard llega a Groenlandia como un auténtico forastero en el sentido descrito por Schütz. Desconoce las pautas culturales de la comunidad, interpreta su comportamiento desde los criterios de la sociedad danesa y encuentra dificultades para comprender prácticas que para los habitantes de Tiniteqiilaq resultan completamente normales. Sin embargo, la película introduce un elemento que no aparece con la misma claridad en el planteamiento de Schütz. El forastero no se limita a intentar integrarse en una comunidad desconocida, sino que pretende juzgarla y transformarla desde los valores de su propia cultura. En este sentido, Anders encarna inicialmente una actitud etnocéntrica heredera de una larga tradición colonial según la cual la cultura occidental aparece como modelo de referencia frente al cual las demás culturas son evaluadas (Collardey 2018).
El conflicto que muestra la película no es únicamente un conflicto entre individuos. Puede interpretarse como un conflicto entre dos formas distintas de organizar la experiencia, dos conjuntos de valores, prácticas y relaciones sociales. Desde una perspectiva relacional podría hablarse incluso de un choque entre redes diferentes. Por un lado, una red asociada a las instituciones educativas danesas y a una determinada concepción occidental del progreso. Por otro, una red construida en torno a la comunidad local, la caza, las relaciones familiares y las condiciones materiales de vida en Groenlandia. Ninguna de ellas consigue comprender plenamente a la otra en los primeros momentos del encuentro.
Precisamente por este motivo, el interés de la película no reside en mostrar la victoria de una cultura sobre la otra. Si ese hubiera sido el desenlace, nos encontraríamos ante un simple proceso de asimilación. Lo verdaderamente relevante es que Anders abandona progresivamente sus posiciones etnocéntricas y comienza a comprender la lógica interna de la cultura que inicialmente rechazaba. Pero, al mismo tiempo, la escuela y algunos elementos de la cultura occidental también pasan a desempeñar una función dentro de la comunidad. El resultado final no es una absorción completa de una cultura por la otra, sino una forma de hibridación en la que ambas resultan transformadas.
La hibridación se vuelve posible cuando desaparece la pretensión de que exista un único centro cultural legítimo al que todos los demás deban adaptarse. Mientras la comunidad receptora se conciba como una realidad fija y superior, la integración tenderá a convertirse en asimilación. Sin embargo, cuando se abandona esta posición y se reconoce la legitimidad de múltiples actores, la relación deja de organizarse alrededor de un único modelo dominante y se transforma en una red de interacciones donde diferentes formas de vida pueden influirse mutuamente.
Desde una perspectiva posthumanista, la cuestión cambia radicalmente. La integración deja de entenderse como la incorporación de un actor a una comunidad que ocupa una posición central y privilegiada. El problema de muchos planteamientos humanistas es que presuponen precisamente la existencia de ese centro. La figura simbólica del Hombre de Vitruvio, utilizada por Rosi Braidotti, representa bien este ideal humanista: un sujeto masculino, blanco, occidental, heterosexual, racional y situado implícitamente como medida universal de lo humano (Braidotti 2013).
Cuando este sujeto ocupa el centro de la comunidad, la integración tiende a convertirse en asimilación. El forastero es aceptado en la medida en que se aproxima al modelo dominante y adopta sus pautas culturales. La diferencia deja entonces de ser una fuente de transformación para convertirse en una desviación que debe ser corregida.
La hibridación observada en Profesor en Groenlandia (Collardey 2018), sin embargo, apunta en otra dirección. Lo que termina produciéndose no es la imposición completa de la cultura danesa sobre la inuit ni la absorción del profesor por parte de la comunidad local. Lo que emerge es una red más compleja en la que aparecen nuevos vínculos, nuevas prácticas y nuevas formas de comprensión mutua. El centro deja de estar ocupado por una figura privilegiada y pasa a distribuirse entre múltiples actores.
En esta red intervienen no sólo seres humanos pertenecientes a diferentes culturas y tradiciones. También participan actores no humanos que condicionan profundamente la vida de la comunidad: el clima, el hielo, el territorio, los perros de trineo, las técnicas de caza, las embarcaciones o los sistemas educativos. La cultura deja así de aparecer como la creación de un sujeto soberano y pasa a entenderse como el resultado emergente de una trama de relaciones entre actores humanos y no humanos.
Desde una perspectiva inspirada en la teoría del actor-red, las comunidades no deben entenderse como estructuras cerradas y estables a las que se incorporan nuevos miembros. Lo que habitualmente llamamos comunidad es en realidad una red de relaciones en la que intervienen actores humanos y no humanos. Cuando un nuevo actor entra en la red, las relaciones preexistentes se modifican y la propia red se reconfigura. En consecuencia, la integración no puede reducirse a la adaptación unilateral del forastero, ya que toda incorporación altera, en mayor o menor medida, el conjunto de relaciones que constituyen la comunidad (Latour 2005).
La película muestra precisamente este proceso. No cambia únicamente Anders. También cambian las relaciones entre la escuela, la comunidad local, la función del cazador, los niños, la enseñanza y los saberes tradicionales. Lo que emerge al final del filme no es la victoria de una red sobre la otra, sino una configuración diferente de relaciones que incorpora elementos procedentes de ambas.
El análisis de Schütz sigue siendo extremadamente valioso para comprender la experiencia del forastero y la importancia de las pautas culturales en los procesos de integración. Sin embargo, su explicación continúa situando el centro de gravedad del proceso en la adaptación del recién llegado a una comunidad que permanece relativamente estable. Desde una perspectiva posthumanista, esta concepción resulta insuficiente porque mantiene la idea de que existe un centro privilegiado al que los demás deben aproximarse.
La crítica posthumanista a la figura del Hombre de Vitruvio permite cuestionar precisamente este supuesto. Allí donde el humanismo tendió a identificar lo universal con una forma concreta de ser humano, facilitando en muchas ocasiones procesos de imperialismo, colonialismo, asimilación cultural y rechazo de la alteridad, el posthumanismo propone una comprensión relacional de la comunidad en la que ningún actor ocupa una posición central y definitiva (Braidotti 2013; Dussel 1994; Quijano 2000; Mignolo 2011).
Desde esta perspectiva, la integración deja de ser un proceso mediante el cual el forastero abandona progresivamente su diferencia para convertirse en una copia de la comunidad receptora. La incorporación de nuevos actores transforma toda la red de relaciones y modifica simultáneamente a quienes llegan y a quienes reciben. La alteridad deja entonces de ser una amenaza para convertirse en una fuente de renovación.
El ejemplo de Profesor en Groenlandia muestra con claridad esta posibilidad (Collardey 2018). El desenlace no consiste en la victoria de la cultura danesa sobre la inuit ni en la imposición inversa de esta última sobre la primera. Lo que emerge es una forma de hibridación cultural surgida de la interacción entre ambas. La diferencia no desaparece: se transforma.
El forastero no debería ser concebido, por tanto, como un problema que deba resolverse mediante la asimilación. Su presencia revela que toda comunidad es una realidad abierta, dinámica e inacabada. Allí donde el humanismo tendía a responder a la diferencia mediante la integración subordinada, el posthumanismo permite pensarla como una oportunidad para la creación de nuevas formas híbridas de convivencia. Tal vez el futuro de las comunidades no resida en la homogeneidad, sino precisamente en su capacidad para transformarse a través de la alteridad.
Referencias
Braidotti, Rosi. 2013. The Posthuman. Cambridge: Polity Press.
Collardey, Samuel, Catherine Paillé y Delphine Grégorie (escritores), y Samuel Collardey (director). 2018. Profesor en Groenlandia (Une année polaire / A Polar Year) [película]. Francia.
Dussel, Enrique. 1994. 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del mito de la Modernidad. La Paz: Plural Editores.
Latour, Bruno. 2005. Reassembling the Social: An Introduction to Actor-Network-Theory. Oxford: Oxford University Press.
Mignolo, Walter D. 2011. The Darker Side of Western Modernity: Global Futures, Decolonial Options. Durham: Duke University Press.
Quijano, Aníbal. 2000. "Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina". La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, 201-246. Buenos Aires: CLACSO.
Schütz, Alfred. 2012. "El forastero. Ensayo de psicología social". En El extranjero: sociología del extraño, de Georg Simmel, Alfred Schütz, Norbert Elias y Massimo Cacciari, 95-107. Madrid: Sequitur.