La muerte del ser
Se han escrito ríos de tinta sobre la constitución del ser y sobre la relación entre existencia y esencia. Desde la filosofía clásica hasta el existencialismo contemporáneo, la reflexión filosófica ha intentado esclarecer si la esencia precede a la existencia o si, por el contrario, es la existencia la que configura progresivamente aquello que el ser humano llega a ser (Heidegger 1997; Sartre 2005). Del mismo modo, la cuestión de la muerte ha ocupado un lugar central en la tradición filosófica, ya sea identificándola con el final de la existencia biológica o postulando diversas formas de trascendencia capaces de sobrevivir a la desaparición del cuerpo, bajo nociones como alma, espíritu o conciencia (Tomás de Aquino 2001; Descartes 2003).
Sin embargo, mucha menor atención ha recibido una cuestión diferente: la del propio proceso de desaparición del ser. Con frecuencia, la muerte del ser se hace coincidir con la muerte biológica, como si ambas constituyeran un mismo acontecimiento. No obstante, desde una perspectiva posthumanista y relacional, dicha identificación resulta problemática. Si el ser se constituye progresivamente mediante una red de relaciones biológicas, psicológicas, sociales, culturales, técnicas y afectivas (FilosofoCientífico 2026a; 2026b; 2026c), entonces su desaparición tampoco puede interpretarse como un acontecimiento instantáneo. La muerte del ser constituye un proceso gradual que comienza mucho antes de la muerte biológica y cuyos efectos pueden proyectarse más allá de ella.
Esta afirmación obliga a distinguir entre la desaparición del ser y la persistencia del acto. Mientras determinadas configuraciones del ser se erosionan a medida que desaparecen las relaciones que las hicieron posibles, ciertos actos pueden conservar su capacidad operativa mediante soportes materiales, culturales y tecnológicos. Tal como sostiene el autor en su teoría del intelecto agente técnico, el acto cognitivo puede continuar actuando cuando el ser que le dio origen ya no existe (FilosofoCientífico 2026d). La muerte del ser y la desaparición de sus efectos no constituyen, por tanto, fenómenos necesariamente coincidentes.
Desde esta perspectiva, la constitución del ser aparece como un proceso relacional y gradual; por la misma razón, su desaparición también debe entenderse como un fenómeno relacional y gradual. El presente artículo examina esta erosión progresiva del ser, analizando cómo la pérdida de relaciones, comunidades, memorias, lugares e instituciones implica también la desaparición de las formas de existencia que dichas relaciones hicieron posibles.
En este marco teórico, el ser no constituye una entidad aislada ni una sustancia autosuficiente, sino el resultado emergente de una compleja red de relaciones humanas y no humanas que participan en su constitución. Este proceso comienza incluso antes del nacimiento, cuando ya existen vínculos genéticos, biológicos y fisiológicos que conectan al futuro individuo con otros organismos y con su entorno. La relación materno-fetal, las condiciones materiales de gestación y los factores biológicos heredados constituyen los primeros nodos de una red que posteriormente se amplía con procesos de socialización, aprendizaje, lenguaje, afectividad, educación e interacción institucional. A estas dimensiones humanas deben añadirse también los elementos materiales y tecnológicos que intervienen en la configuración de la subjetividad, tal como han señalado diversas corrientes posthumanistas y las teorías del actor-red (Haraway 1991; Latour 2008; Braidotti 2013). El ser emerge así como una configuración relacional dinámica cuya constitución depende de la interacción simultánea entre factores biológicos, psicológicos, sociales, culturales y técnicos (FilosofoCientífico 2026c). Sin embargo, el resultado de este proceso no es un yo fijo ni una identidad estática. Como ya se ha defendido en trabajos previos, el ser se transforma continuamente a través del tiempo, incorporando nuevas relaciones, modificando las existentes y abandonando otras, de modo que su existencia debe entenderse como un flujo permanente dentro de una red igualmente cambiante (FilosofoCientífico 2026b). La identidad no aparece, por tanto, como una realidad definitivamente construida, sino como una configuración relacional temporal cuyo modo de ser consiste precisamente en cambiar.
Si el ser emerge de una compleja red de relaciones humanas y no humanas, resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando esas relaciones comienzan a desaparecer. Ninguna red permanece inalterada a lo largo del tiempo. Los procesos biológicos, el envejecimiento, la transformación de las comunidades, la desaparición de instituciones, la pérdida de lugares significativos y la muerte de familiares, amigos, vecinos, profesores o compañeros provocan una progresiva reducción de los nodos que participaron en la constitución del sujeto. A medida que estas relaciones desaparecen, también lo hacen las condiciones relacionales que sostenían determinadas configuraciones del ser. Esta desaparición no implica necesariamente la pérdida de la memoria individual. Los recuerdos pueden permanecer, pero dejan de estar insertos en una red viva capaz de actualizarlos, compartirlos, verificarlos o dotarlos de significado colectivo. Cuando desaparece el último amigo de la infancia, el último familiar que conoció determinados episodios o el último espacio material asociado a una etapa concreta de la vida, no desaparece únicamente un testigo de la memoria: desaparece también una parte de la red que sostenía una forma particular de existencia. El sujeto continúa existiendo, pero determinadas configuraciones ontológicas dejan de estar disponibles porque han desaparecido las relaciones que las hacían posibles.
Durante las primeras etapas de la vida este fenómeno suele pasar prácticamente inadvertido. La pérdida de algunos nodos queda compensada por la incorporación constante de nuevas relaciones, comunidades, experiencias y proyectos que continúan ampliando la red constitutiva del ser. Sin embargo, el paso del tiempo modifica progresivamente este equilibrio. A medida que avanza el envejecimiento, la desaparición de relaciones significativas comienza a adquirir un peso cada vez mayor. Llega un momento en que las pérdidas acumuladas superan a las nuevas incorporaciones y el sujeto experimenta una progresiva reducción de las redes que sostuvieron etapas anteriores de su existencia. Esta situación puede interpretarse como una auténtica crisis ontológica: no porque el individuo deje de existir, sino porque una parte creciente de las configuraciones que constituyeron su ser ha desaparecido junto con los nodos que las sustentaban.
No obstante, afirmar que determinadas dimensiones del ser desaparecen no equivale a sostener que el ser desaparezca por completo. Mientras subsistan relaciones capaces de sostener nuevas configuraciones ontológicas, el proceso permanece abierto. Del mismo modo, tal como se ha defendido en trabajos anteriores, la desaparición progresiva del ser no implica necesariamente la desaparición de sus actos. La memoria colectiva puede conservar determinadas configuraciones simbólicas del sujeto más allá de su existencia biológica, mientras que el intelecto agente técnico permite la continuidad operativa de determinados actos cognitivos cuando el ser que les dio origen ya no existe (FilosofoCientífico 2026a; FilosofoCientífico 2026d).
La tradición filosófica ha tendido a pensar la muerte como un acontecimiento singular asociado al final de la vida biológica o, en determinadas concepciones metafísicas, como el tránsito hacia alguna forma de trascendencia. Sin embargo, una ontología relacional obliga a contemplar una posibilidad distinta. Si el ser emerge de una red de relaciones humanas y no humanas, entonces su desaparición tampoco puede reducirse a un único instante. El ser nace gradualmente porque necesita tiempo para constituirse; por esa misma razón, también desaparece gradualmente a medida que se erosionan las condiciones que hicieron posible su existencia.
Desde esta perspectiva, la muerte biológica deja de ser el único horizonte de la finitud. Mucho antes de ella han desaparecido personas, lugares, comunidades, instituciones y memorias compartidas que sostenían configuraciones concretas del ser. Cada una de esas pérdidas altera la red constitutiva del sujeto y modifica aquello que este puede llegar a ser. La existencia aparece así atravesada por una tensión permanente entre constitución y desaparición, entre incorporación de relaciones nuevas y pérdida de relaciones antiguas.
Sin embargo, la erosión progresiva del ser no conduce necesariamente a una desaparición inmediata de sus efectos. Una parte de aquello que el sujeto hizo, pensó, escribió o produjo puede continuar actuando cuando las configuraciones ontológicas que le dieron origen ya han comenzado a desaparecer. La memoria colectiva conserva rastros; la técnica conserva operaciones. El ser es finito, pero algunos de sus actos pueden seguir produciendo sentido más allá de los límites de su existencia.
Quizá la cuestión decisiva no sea, por tanto, si el ser muere, sino cuándo puede considerarse definitivamente desaparecido. Si una parte del ser persiste mientras permanezca activa en la memoria colectiva o continúe operando mediante sus actos, la muerte biológica deja de constituir la última frontera ontológica. Tal vez la desaparición definitiva del ser no coincida con el cese de la vida, sino con el momento en que ya no queda ninguna relación capaz de recordarlo, ningún acto capaz de actualizarlo y ninguna red capaz de sostener su presencia en el mundo.
Referencias
Braidotti, Rosi. 2013. The Posthuman. Cambridge: Polity Press.
Descartes, René. 2003. Meditaciones metafísicas. Traducido por Vidal Peña. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1641).
FilosofoCientífico. 2026a. “Intelecto agente técnico: hacia un existencialismo posthumanista.” Entre bastidores: el ser, la existencia y otros asuntos. 13 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/intelecto-agente-tecnico-hacia-un-existencialismo-posthumanista/.
FilosofoCientífico. 2026b. “El existencialismo posthumanista.” Entre bastidores: el ser, la existencia y otros asuntos. 28 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/el-existencialismo-posthumanista/.
FilosofoCientífico. 2026c. “Los límites de la construcción del ser humano.” Entre bastidores: el ser, la existencia y otros asuntos. 11 de octubre de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/los-limites-de-la-construccion-del-ser-humano/.
FilosofoCientífico. 2026d. “El rechazo de la finitud del ser.” Entre bastidores: el ser, la existencia y otros asuntos. 19 de julio de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/el-rechazo-de-la-finitud-del-ser/.
Haraway, Donna. 1991. Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. New York: Routledge.
Heidegger, Martin. 1997. Ser y tiempo. Traducido por Jorge Eduardo Rivera. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. (Obra original publicada en 1927).
Latour, Bruno. 2008. Reensamblar lo social: una introducción a la teoría del actor-red. Traducido por Gabriel Zadunaisky. Buenos Aires: Manantial. (Edición original: 2005).
Sartre, Jean-Paul. 2005. El ser y la nada. Traducido por Juan Valmar. Buenos Aires: Losada. (Obra original publicada en 1943).
Tomás de Aquino. 2001. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. (Escrita entre 1265 y 1274).