Del origen mítico al origen racional: arjé, Big Bang y la superación del antropocentrismo
Las culturas antiguas explicaron el origen del mundo mediante narraciones simbólicas que articulaban la relación entre comunidad, naturaleza y trascendencia. Estas teogonías no constituyen un estadio primitivo, sino un modo de inteligibilidad que organiza la experiencia mediante relatos de genealogías divinas. En este marco, la trifuncionalidad descrita por Dumézil —soberanía, guerra y producción— funciona como un principio estructurador que aparece en diversos pueblos indoeuropeos sin implicar una evolución lineal hacia modelos racionales posteriores (Dumézil 1977; Duby 1983). El pensamiento mítico no es un error: es una forma de orden que integra cosmología, política y moral en un mismo relato.
Sobre este fondo simbólico surgieron en la Grecia jónica nuevas formas de interrogación intelectual que transformaron la manera de explicar el origen del mundo. Las antiguas teogonías fueron reinterpretadas como cosmogonías racionales, donde el cosmos ya no nace de la genealogía de los dioses, sino de principios estructurales. Este desplazamiento inaugura el paso del mito al logos: no la eliminación del pensamiento simbólico, sino la apertura de un régimen de inteligibilidad que busca causas, fundamentos y modelos verificables. Heródoto introduce el criterio de veracidad, aunque aún recurra a fuentes míticas (Pagès 1983). Tucídides radicaliza esta mutación: la historia es un asunto exclusivamente humano y solo puede narrarse aquello que se puede comprobar.
En este contexto aparece el arjé, el principio primero del que todo procede y al que todo retorna. Tales de Mileto, Anaximandro, Empédocles o Anaxágoras formularon hipótesis sobre ese fundamento unificador —agua, apeiron, elementos o nous— que permitía pensar la diversidad como derivación de una unidad racional. El arjé no es un dios ni una genealogía divina, sino un principio teórico que organiza la inteligibilidad del cosmos. Estas propuestas no pretendían negar a los dioses, sino explorar explicaciones que no dependieran de su intervención directa. El arjé constituye la primera formulación sistemática de un origen racional del universo y permite establecer un paralelismo conceptual con el Big Bang como principio unificador en la cosmología contemporánea.
La ciencia moderna realiza un gesto estructuralmente análogo al de los presocráticos: no observa el comienzo del universo, sino que lo reconstruye mediante modelos matemáticos, inferencias y evidencias indirectas. Georges Lemaître formuló en 1931 la hipótesis del “átomo primigenio” como origen teórico del cosmos (Lemaître 1931). Stephen Hawking contribuyó a consolidar esta narrativa científica, que funciona como cosmogonía racional de la modernidad (Hawking 1988). Carlo Rovelli ha mostrado cómo la física contemporánea combina relatividad, mecánica cuántica y geometría del espacio‑tiempo para reconstruir la evolución del universo desde una singularidad inicial (Rovelli 2014; Rovelli 2021). El Big Bang ocupa así una posición estructural comparable a la del arjé presocrático: ambos operan como principios teóricos desde los cuales se organiza la inteligibilidad del cosmos, no como hechos observados, sino como puntos iniciales racionales que permiten articular un relato coherente del origen y la estructura del universo.
Hasta aquí, la racionalidad aparece como facultad humana que desplaza la autoridad mítica y reorganiza la experiencia mediante principios, causas y modelos. Pero la evolución tecnocientífica de esa racionalidad ha transformado su estatuto. La producción contemporánea de conocimiento ya no se articula exclusivamente en sujetos humanos, sino en ensamblajes sociotécnicos donde intervienen organismos, máquinas y sistemas algorítmicos. Donna Haraway mostró que la agencia cognitiva se distribuye en redes híbridas que desbordan la figura del individuo humano (Haraway 1985, 1991). Rosi Braidotti ha argumentado que el sujeto posthumano emerge de configuraciones tecnocientíficas que redistribuyen la racionalidad más allá de la identidad humana individual (Braidotti 2013, 2019). N. Katherine Hayles ha demostrado que la cognición es un proceso distribuido entre sistemas biológicos, técnicos y algorítmicos, y que los dispositivos computacionales participan en la generación de inferencias y modelos que estructuran la inteligibilidad contemporánea (Hayles 1999, 2017). Desde este marco, puede sostenerse que la racionalidad que nació como facultad humana se ha tecnogenizado: opera en redes donde los sistemas de inteligencia artificial intervienen en la elaboración de explicaciones y simulaciones científicas.
La tecnogénesis de la racionalidad tiene un correlato directo en la tecnogénesis de la temporalidad. El tiempo mítico se concebía como un ciclo y el tiempo histórico como una línea, pero la temporalidad contemporánea está configurada por procesos técnicos que introducen ritmos acelerados, discontinuos y computacionales. Bernard Stiegler analizó cómo los dispositivos técnicos producen nuevas formas de temporalidad que reorganizan la relación entre memoria, anticipación y experiencia (Stiegler 1996). Rob Kitchin ha estudiado cómo los datos y los algoritmos generan temporalidades no humanas, definidas por operaciones computacionales que exceden la escala perceptiva del sujeto humano (Kitchin 2014). Desde este marco, el tiempo contemporáneo puede entenderse como una temporalidad producida por sistemas técnicos que operan a velocidades y resoluciones que desbordan la experiencia humana y reconfiguran la inteligibilidad del cambio y del acontecimiento.
La historia del pensamiento occidental muestra que la razón ha sido capaz de formular principios que permiten comprender el origen y la estructura del mundo. El arjé presocrático no fue un mito, sino el primer intento racional de identificar un fundamento único a partir del cual explicar la totalidad. El Big Bang, en la ciencia contemporánea, cumple una función análoga: ofrecer un principio teórico que unifica la descripción del universo y permite reconstruir su evolución. Aunque separados por milenios, ambos modelos comparten una operación intelectual común: la búsqueda de un origen que haga inteligible el mundo. La razón presocrática lo expresó mediante conceptos elementales; la razón científica moderna lo hace mediante modelos matemáticos y evidencia empírica. Pero en ambos casos, la racionalidad actúa como fuerza de simplificación y de orden: reduce la complejidad del mundo a un principio que permite pensar su estructura. La ciencia no abandona la razón antigua: la prolonga, la depura y la amplía mediante métodos verificables.
En definitiva, la razón es el hilo continuo que permite a la humanidad avanzar en la comprensión del mundo. Desde los presocráticos hasta la cosmología contemporánea y la tecnociencia posthumana, la racionalidad ha generado principios que, aunque formulados en lenguajes distintos, cumplen la misma función: hacer pensable el origen y convertir el cosmos en objeto de conocimiento. Esta continuidad, sin embargo, no permanece intacta. La razón nace como facultad humana de explicación, pero la tecnociencia contemporánea la desplaza hacia sistemas distribuidos que reconfiguran la inteligibilidad del cosmos.
Bibliografía
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