Historia inferencial del pensamiento contemporáneo — Parte IV: Tecnociencia, redes híbridas y agencia distribuida

Share

El pensamiento contemporáneo, desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, desarrolla una serie de transformaciones internas que erosionan el humanismo y convergen de manera inferencial hacia el posthumanismo como consecuencia lógica. Este es el cuarto texto  de una serie de seis artículos dedicada a reconstruir dicha historia inferencial a través de cinco vectores fundamentales del pensamiento filosófico: la ontología, la epistemología, la metafísica, la ciencia y el método, y la ética. En esta cuarta entrega se muestra cómo la tecnociencia introduce redes híbridas humano/máquina que hacen imposible sostener una ontología humanista clásica.

La ciencia moderna culmina en un humanismo extremo que se consolidó con el positivismo de Auguste Comte, para quien todo conocimiento válido procede exclusivamente de la ciencia empírica. Esta posición fue radicalizada por el Círculo de Viena, cuyo positivismo lógico sostuvo que cualquier estructura de conocimiento expresada en lenguaje debía derivarse de datos empíricos verificables o de desarrollos matemáticos formalizables. En ambos casos, la ciencia se concibe como una actividad humana transparente, neutral y autosuficiente, capaz de producir verdad sin mediaciones materiales ni sociotécnicas (Comte 1830–1842; Carnap 1934).

La hegemonía del positivismo provocó la aparición del constructivismo como alternativa epistemológica. Esta corriente buscó resolver las tensiones entre racionalismo y empirismo mediante la tesis de que el conocimiento es una construcción social dependiente de marcos conceptuales, prácticas comunitarias y estructuras lingüísticas (Raya, Andonegui y Alfaro 2007). Sus antecedentes se remontan a los presocráticos, los sofistas, los estoicos y, en la modernidad, a Descartes, Galileo y Kant, cuyas propuestas ya articulaban la idea de que la inteligibilidad del mundo depende de operaciones conceptuales humanas. El constructivismo se consolidó como respuesta crítica a la hegemonía positivista y como marco explicativo para las ciencias sociales, pese a las objeciones que ha recibido (Pérez Rubio 2012).

Este recorrido histórico permite delimitar el problema central: tanto el positivismo como el constructivismo comparten un supuesto humanista que hoy resulta insostenible. En ambos modelos, la ciencia aparece como una actividad exclusivamente humana, ya sea porque refleja fielmente la realidad natural (positivismo) o porque construye socialmente los hechos (constructivismo). Ninguno de los dos incorpora la dimensión material, tecnológica y sociotécnica que caracteriza a la ciencia contemporánea.

La insuficiencia del positivismo y del constructivismo obliga a situar la ciencia contemporánea en un marco epistemológico distinto, donde la producción de conocimiento ya no puede explicarse mediante categorías exclusivamente humanas. Como se sostiene en Ciencia y verdad: hacia una teoría posthumana del conocimiento, “la ciencia es una red híbrida en la que humanos y no humanos cooperan para producir conocimiento verídico” (FilosofoCientífico 2026a). Esta arquitectura sociotécnica muestra que los hechos científicos no emergen de un método neutral ni de una construcción social, sino de la interacción entre fenómenos naturales, prácticas institucionales, instrumentos, algoritmos y modelos que articulan naturaleza y sociedad en un mismo proceso de estabilización (FilosofoCientífico 2026a). Esta perspectiva permite evaluar con precisión las limitaciones de los modelos clásicos del siglo XX.

Thomas Kuhn interpretó los cambios científicos como revoluciones paradigmáticas que transforman la manera en que las comunidades “ven” el mundo (Kuhn 1962), pero esta lectura confunde la evolución de nuestras descripciones con una transformación ontológica: “la estructura del mundo no se transforma cuando cambia un paradigma; lo que cambia es la forma en que lo describimos y organizamos conceptualmente” (FilosofoCientífico 2026a). Karl Popper intentó corregir el positivismo mediante la falsación, pero su propuesta tampoco describe la práctica científica real: las teorías no se abandonan por un contraejemplo aislado y la ciencia no opera como un mecanismo de refutación continua (Popper 1959), sino como un proceso de ajuste, recalibración y estabilización de modelos (FilosofoCientífico 2026a). Imre Lakatos ofreció la versión más sofisticada con sus programas de investigación, pero su enfoque sigue siendo incompleto porque ignora la dimensión material y tecnológica que participa en la producción de hechos (Lakatos 1978). “La evidencia pertenece al nivel natural, mientras que la justificación pertenece al nivel social” (FilosofoCientífico 2026a). Ninguno de estos modelos incorpora la agencia de los instrumentos, los algoritmos y las máquinas, ni explica cómo se articulan naturaleza, sociedad y tecnología en la producción contemporánea de conocimiento (FilosofoCientífico 2026a). Por eso resulta decisivo el concepto de nexo: el punto donde las regularidades naturales y los significados sociales se conectan mediante dispositivos, prácticas y modelos que permiten que ambos niveles funcionen de manera coherente (FilosofoCientífico 2026a). Esta articulación posthumana prepara el terreno para comprender la ciencia como red híbrida y abre la transición hacia la teoría actor‑red de Latour, donde la agencia se distribuye entre actores humanos y no humanos (Latour 2008).

La concepción posthumana de la ciencia exige abandonar la idea de que los hechos científicos son productos exclusivos de la actividad humana. En este sentido, la teoría actor‑red de Latour constituye un punto de inflexión decisivo. Según esta perspectiva, la ciencia no es una empresa intelectual aislada, sino un entramado de relaciones entre actores humanos y no humanos que cooperan en la producción, estabilización y circulación de los hechos científicos (Latour 2008). Un actor es cualquier entidad capaz de modificar el estado de la red: investigadores, instrumentos, reactivos, algoritmos, modelos, laboratorios, protocolos y dispositivos de inscripción. La agencia, por tanto, no reside únicamente en los sujetos humanos, sino que se distribuye entre todos los elementos que participan en la construcción de un hecho.

Esta concepción permite comprender que la verdad científica no es el resultado de un método neutral ni de una construcción social autónoma, sino el producto de una red sociotécnica que articula naturaleza, sociedad y tecnología. Los hechos se estabilizan cuando los actores de la red —humanos y no humanos— logran coordinarse de manera coherente, generando cadenas de referencia que conectan fenómenos naturales con dispositivos de medición, modelos matemáticos, prácticas experimentales y marcos institucionales. La ciencia funciona, por tanto, como un proceso de traducción continua: cada actor transforma la información que recibe y la adapta a su propio régimen de funcionamiento, produciendo una serie de mediaciones que hacen posible la existencia de los hechos.

La teoría actor‑red de Latour describe la práctica científica atendiendo a los procesos mediante los cuales los hechos se estabilizan en redes donde intervienen actores humanos y no humanos. En La vida en el laboratorio, Latour y Woolgar muestran que la producción de hechos depende de operaciones materiales como la manipulación de instrumentos, la generación de inscripciones y la organización del trabajo experimental, más que de una actividad puramente mental o representacional. En Reensamblar lo social, Latour desarrolla el marco conceptual que permite interpretar estas prácticas como mediaciones y traducciones entre distintos elementos de la red, sin recurrir a la oposición clásica entre sujeto y objeto. Desde esta perspectiva, la ciencia aparece como una actividad distribuida en la que los dispositivos, los protocolos y los actores institucionales participan en la construcción y circulación de los hechos (Latour 2008). Esta descripción puede ponerse en diálogo con la noción de red híbrida y con el concepto de nexo desarrollados en este artículo, que subrayan la articulación entre regularidades naturales y significados sociales mediante dispositivos y prácticas.

Este enfoque abre la transición hacia las propuestas de Haraway, Braidotti y Hayles, que radicalizan la crítica al humanismo y desarrollan una ontología posthumana donde la agencia, la cognición y la identidad se distribuyen entre humanos, máquinas, animales y sistemas tecnológicos. La teoría actor‑red constituye, por tanto, el puente conceptual que permite pasar de la crítica epistemológica a la reconstrucción ontológica del sujeto contemporáneo.

La descripción latouriana de la ciencia como red sociotécnica permite extender el análisis desde la producción de hechos hacia la constitución del propio sujeto, mostrando que las prácticas científicas y los dispositivos técnicos no solo generan conocimiento, sino que también reorganizan las formas de percepción y de inteligibilidad. Este desplazamiento abre el camino hacia el enfoque desarrollado en Del origen mítico al origen racional: arjé, Big Bang y la superación del antropocentrismo, donde se sostiene que la racionalidad no surge como facultad humana aislada, sino como resultado de ensamblajes históricos que articulan narraciones míticas, principios teóricos y modelos científicos (FilosofoCientífico 2026b). En este marco, el arjé presocrático y el Big Bang funcionan como operaciones intelectuales análogas: ambos actúan como principios racionales que permiten organizar la comprensión del cosmos sin depender de genealogías divinas. La tecnogénesis de la racionalidad contemporánea —visible en la participación de sistemas técnicos, dispositivos computacionales y redes algorítmicas en la producción de inferencias y modelos— prolonga esta transformación, mostrando que la inteligibilidad del mundo ya no se articula exclusivamente en sujetos humanos, sino en configuraciones sociotécnicas que reconfiguran la experiencia, la temporalidad y la posición del individuo en el universo.

La tecnogénesis de la racionalidad y del sujeto permite enlazar con las propuestas de Donna Haraway, cuya crítica al antropocentrismo inaugura una ontología híbrida donde la agencia se distribuye entre organismos, máquinas y sistemas tecnocientíficos. En su Manifiesto Cyborg, Haraway sostiene que las fronteras clásicas —humano/máquina, naturaleza/cultura, orgánico/técnico— han perdido su capacidad explicativa en un mundo configurado por ensamblajes sociotécnicos (Haraway 1985). Esta ruptura no implica una disolución del sujeto, sino su rearticulación como entidad relacional que emerge de redes de mediación y de prácticas materiales. En Simians, Cyborgs, and Women, Haraway profundiza en esta perspectiva mostrando que la identidad, la cognición y la agencia no son atributos internos, sino efectos de conexiones múltiples entre cuerpos, tecnologías y ecologías (Haraway 1991). Desde este marco, el sujeto contemporáneo ya no puede entenderse como unidad autónoma, sino como nodo en una red de interacciones que excede cualquier definición humanista. La tecnogénesis descrita en el punto anterior encuentra aquí su prolongación ontológica: el cyborg no es una figura metafórica, sino el modelo conceptual que permite pensar la constitución del sujeto en un entorno donde lo humano se entrelaza estructuralmente con lo técnico.

La ontología híbrida propuesta por Haraway encuentra una formulación sistemática en el posthumanismo afirmativo de Rosi Braidotti, cuya obra desarrolla una teoría del sujeto basada en la relacionalidad, la materialidad y la distribución de la agencia. Para Braidotti, el posthumanismo no es una mera crítica del humanismo, sino la construcción de un marco ontológico capaz de pensar la existencia en términos de procesos, conexiones y devenires. En The Posthuman, sostiene que la figura del sujeto autónomo, racional y autosuficiente es un producto histórico de la modernidad occidental, y que las transformaciones tecnocientíficas contemporáneas exigen modelos que reconozcan la interdependencia entre cuerpos, máquinas, ecologías y sistemas globales (Braidotti 2013). Esta perspectiva no implica una disolución del sujeto, sino su reconfiguración como entidad transversal que emerge de flujos materiales, afectivos y tecnológicos.

En Posthuman Knowledge, Braidotti profundiza en esta ontología relacional mostrando que el conocimiento no es una actividad exclusivamente humana, sino un proceso distribuido que involucra infraestructuras técnicas, redes algorítmicas y ecologías no humanas (Braidotti 2019). La racionalidad tecnogenizada descrita en el punto anterior encuentra aquí su articulación filosófica: la inteligencia, la cognición y la agencia se conciben como capacidades compartidas entre múltiples actores, humanos y no humanos, que participan en la producción de sentido y en la configuración del mundo. Desde este marco, el sujeto posthumano no es una figura futurista, sino la descripción ontológica de la condición contemporánea, caracterizada por ensamblajes que desbordan cualquier definición antropocéntrica de identidad, acción o pensamiento.

La historia inferencial reconstruida muestra que la ciencia contemporánea ya no puede sostener una ontología humanista. Tanto el positivismo como el constructivismo resultan insuficientes para describir la práctica científica actual, aunque por razones distintas: el primero porque presupone una transparencia metodológica que ignora las mediaciones materiales y tecnológicas, y el segundo porque reduce la producción de hechos a operaciones conceptuales y prácticas sociales que no incorporan la dimensión sociotécnica de la investigación científica. Ninguno de los dos modelos logra dar cuenta de la articulación entre naturaleza, sociedad y tecnología que caracteriza a la ciencia contemporánea. La teoría actor red de Latour permitió superar esta limitación al mostrar que los hechos no son productos de una mente que representa el mundo, sino resultados de redes sociotécnicas donde intervienen actores humanos y no humanos. La tecnogénesis de la racionalidad y del sujeto prolonga esta transformación: la inteligibilidad del mundo ya no depende de una facultad humana interna, sino de ensamblajes históricos que integran narraciones simbólicas, principios teóricos, dispositivos técnicos y modelos computacionales.

Las propuestas de Haraway y Braidotti radicalizan esta transición al mostrar que la agencia, la identidad y la cognición no son atributos exclusivos del individuo humano, sino efectos de conexiones múltiples entre cuerpos, máquinas y ecologías. Desde este marco, el sujeto contemporáneo no puede describirse como unidad autónoma, sino como nodo en una red de mediaciones que articulan naturaleza, sociedad y tecnología. La ciencia, entendida como red híbrida, no es representación ni construcción social, sino estabilización de nexos donde las regularidades naturales y los significados sociales se conectan mediante dispositivos, prácticas y modelos.

La ontología que emerge de este recorrido es una ontología posthumana: el ser no es sustancia, sino relación; la racionalidad no es facultad, sino función distribuida; el sujeto no es origen, sino efecto de ensamblajes sociotécnicos; y la verdad no es correspondencia, sino estabilización de redes donde actores humanos y no humanos cooperan para producir inteligibilidad. La tecnociencia no destruye la condición humana: la reconfigura. La existencia contemporánea se define por la interdependencia entre cuerpos, máquinas y sistemas técnicos que articulan la experiencia, la temporalidad y el conocimiento. En este sentido, la ontología humanista queda superada no por negación, sino por insuficiencia: ya no describe el mundo en el que vivimos.

Bibliografía

Braidotti, Rosi. 2013. The Posthuman. Cambridge: Polity Press.

Braidotti, Rosi. 2019. Posthuman Knowledge. Cambridge: Polity Press.

Carnap, Rudolf. 1934. Logische Syntax der Sprache. Wien: Springer.

Comte, Auguste. 1830–1842. Cours de philosophie positive. Paris: Bachelier.

FilosofoCientífico. 2026a. Ciencia y verdad: hacia una teoría posthumana del conocimiento. 3 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/ciencia-y-verdad-hacia-una-teoria-posthumana-del-conocimiento/.

FilosofoCientífico. 2026b. Del origen mítico al origen racional: arjé, Big Bang y la superación del antropocentrismo. 11 de agosto de 2026. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/del-origen-mitico-al-origen-racional-arje-big-bang-y-la-superacion-del-antropocentrismo/.

Haraway, Donna. 1985. “A Manifesto for Cyborgs: Science, Technology, and Socialist Feminism in the 1980s.” Socialist Review 80: 65–108.

Haraway, Donna. 1991. Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. New York: Routledge.

Kuhn, Thomas S. 1962. The Structure of Scientific Revolutions. Chicago: University of Chicago Press.

Lakatos, Imre. 1978. The Methodology of Scientific Research Programmes. Cambridge: Cambridge University Press.

Latour, Bruno. 2008. Reensamblar lo social: Una introducción a la teoría del actor red. Buenos Aires: Manantial.

Latour, Bruno, y Steve Woolgar. 1979. La vida en el laboratorio: La construcción de los hechos científicos. Madrid: Alianza.

Pérez Rubio, Ana María. 2012. “Sobre el Constructivismo: construcción social de lo real y práctica investigativa.” Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales 2 (2): 5–21.

Popper, Karl. 1959. The Logic of Scientific Discovery. London: Hutchinson.

Raya, Valeria, Martín Andonegui, y Manuela Alfaro. 2007. “Constructivismo: orígenes y perspectivas.” Laurus13: 76–92.

Read more