Visión posthumanista del género

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El género, lejos de constituir una identidad psicológica o una categoría social estable, debe entenderse como un flujo performativo distribuido que emerge de la interacción entre cuerpos, tecnologías, discursos y algoritmos. Para situar este enfoque, resulta imprescindible distinguir entre sexo biológico, orientación sexual, cuerpo y género: el sexo biológico remite a la clasificación anatómica tradicional (varón, hembra); la orientación sexual designa el vector del deseo, es decir, a quién atrae un sujeto; el cuerpo constituye la materialidad vivida, modulada por tecnologías biomédicas, discursos médicos y expectativas sociales; y el género emerge como una construcción performativa dependiente de normas, repeticiones, variaciones y dispositivos de poder. La tradición occidental vinculó el género al sexo biológico, como si la anatomía determinara la inteligibilidad social; sin embargo, la contemporaneidad ha fracturado esa equivalencia y ha producido un desacoplamiento ontológico entre estas cuatro dimensiones. Esta fractura no es meramente descriptiva: es el resultado de una genealogía del poder que ha redistribuido las funciones del cuerpo y ha multiplicado las formas de inteligibilidad, tal como ya anticipaba Michel Foucault al afirmar que la sexualidad moderna es un dispositivo de saber‑poder que produce sujetos y categorías, y no simplemente los reprime (Foucault 2005 [1976]). A partir de este diagnóstico, el presente escrito pretende mostrar que el género debe entenderse como una construcción performativa moldeada por dispositivos de poder.

Desde esta perspectiva, el género no es previo al poder: es producido por él. La sexología decimonónica, lejos de ser un saber neutral, constituye un aparato que clasifica, multiplica y gestiona las identidades sexuales, tal como analiza Michel Foucault en Historia de la sexualidad I (Foucault 2005 [1976]). La sociedad contemporánea ha heredado la estructura clasificatoria atribuida a la época victoriana, que no reprime la sexualidad sino que la administra mediante normas que distinguen entre normalidad y desviación (Foucault 2005). En este marco, el género no es una expresión del sujeto, sino una tecnología de clasificación que emerge de discursos biomédicos, instituciones educativas, aparatos jurídicos, medios de comunicación y algoritmos de visibilidad. El poder no reprime: produce y vigila que los individuos no se aparten de la norma, tal como muestra Foucault en Vigilar y castigar (Foucault 2009 [1975]).

La teoría queer, cuyo término fue introducido por Teresa de Lauretis (1991) para designar un campo crítico ya articulado en obras como las de Eve Kosofsky Sedgwick (1990) y posteriormente impulsado y radicalizado por Judith Butler (2016 [1990]), cuestiona la idea de que el género constituya una identidad estable. En este marco, Butler formula la noción de performatividad: el género no es una esencia previa, sino una repetición con variación y expectativa. Los actos de género no imitan una identidad interior, sino que la constituyen mediante iteración modulada por normas sedimentadas y expectativas sociales (Butler 2016 [1990]). Cada acto reproduce la norma, pero también la desplaza, generando un espacio de variación que reconfigura la inteligibilidad. La variación no es un accidente: es la condición de posibilidad del género. Sin embargo, como sostiene el autor de este escrito, esta performatividad no opera en vacío; está moldeada por dispositivos de poder que actúan en gestos, miradas, interfaces, algoritmos, discursos e instituciones. El género es performativo porque el poder produce las condiciones de repetición. La norma no es un mandato explícito: es una expectativa distribuida que se actualiza en cada interacción social y tecnológica.

El giro posthumanista introduce un desplazamiento decisivo: en la contemporaneidad, ni el sujeto ni el poder ocupan ya el centro de la producción del género. Ambos se redistribuyen en una red entendida en sentido ontológico: un entramado de relaciones entre cuerpos, prácticas, discursos, instituciones, afectos y mediaciones técnicas que no remiten a lo digital, sino a la estructura misma de lo social. En este marco, la performatividad deja de ser una propiedad del sujeto y se convierte en un proceso emergente que surge de la interacción entre múltiples elementos conectados. El género no se produce en un punto originario, sino en la circulación de fuerzas, signos y disposiciones que atraviesan redes materiales y simbólicas. La teoría queer, al abandonar su enfoque antropocéntrico, se transforma en una teoría de la variación distribuida: el género es un flujo performativo moldeado por dispositivos de poder descentralizados, cuya estabilidad depende de conexiones siempre móviles y contingentes.

Este desplazamiento tiene consecuencias directas para las personas, porque desestabiliza la expectativa social de que el género sea una identidad fija, legible y coherente. Las sociedades heteronormativas patriarcales dependen de categorías estables para organizar la inteligibilidad de los cuerpos y regular la distribución de roles, afectos y legitimidades; por ello, la idea de un género fluido, emergente y distribuido resulta profundamente disruptiva. Incluso tensiona los marcos clásicos: Foucault describe cómo el poder produce categorías, pero presupone cierta estabilidad en los efectos de saber‑poder; Butler formula la performatividad, pero todavía la sitúa en relación con un sujeto que repite normas sedimentadas. La lectura de Briggs y George, al concebir el género como un ensamblaje dinámico que se reconfigura en función de prácticas, expectativas y marcos normativos cambiantes (Briggs y George 2023), radicaliza esta perspectiva: si el género es un proceso distribuido, su estabilidad no depende del sujeto ni de la norma, sino de conexiones contingentes que pueden variar, fracturarse o reorganizarse. El conflicto con el orden heteronormativo surge precisamente aquí: un género que no es propiedad del sujeto ni mandato de la norma, sino un flujo emergente, desbarata la arquitectura social que exige identidades fijas para sostener su régimen de inteligibilidad.

A partir de este diagnóstico, el presente escrito sostiene que el género debe entenderse como una construcción performativa moldeada por dispositivos de poder que ya no operan desde un centro, sino desde una estructura de red. En esta topología reticular, el género emerge como un proceso distribuido que se estabiliza o se transforma según la configuración de las relaciones que lo producen. Cuando las conexiones entre cuerpos, prácticas, discursos e instituciones son rígidas y altamente normativas, el género adopta formas fijas; cuando dichas conexiones son móviles, contingentes o heterogéneas, el género se manifiesta como variación fluida. La performatividad no procede del sujeto ni de la norma, sino de la interacción entre múltiples nodos que modulan expectativas, marcos de inteligibilidad y disposiciones de poder. Por ello, el género no es una identidad ni una esencia, sino un ensamblaje dinámico cuya ontología depende de la arquitectura relacional que lo sostiene. Comprender el género como una construcción performativa reticular permite explicar simultáneamente la persistencia de categorías tradicionales y la emergencia de formas identitarias que desbordan el orden heteronormativo patriarcal, sin reducir ninguna de ellas a propiedades del sujeto ni a mandatos de la norma.

Bibliografía

Briggs, R.A., y B.R. George. 2023. What Even Is Gender? Primera edición eBook. London: Routledge.

Butler, Judith. 1993. Bodies That Matter: On the Discursive Limits of “Sex”. New York: Routledge.

Butler, Judith. 2016 [1990]. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Trad. Mª Antonia Muñoz. Barcelona: Paidós Editorial Planeta.

Foucault, Michel. 2005 [1976]. Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. México: Siglo XXI Editores.

Foucault, Michel. 2009 [1975]. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI Editores.

Lauretis, Teresa de. 1991. “Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities.” differences 3 (2).

Sedgwick, Eve Kosofsky. 1990. Epistemology of the Closet. Berkeley: University of California Press.

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