Ética del consumo cultural en un horizonte posthumanista
El concepto de cultura posee múltiples acepciones —saber, pertenencia, identidad, producción simbólica—. Como señala Josep Martí (s.f.), es un término polisémico articulado en tres dimensiones. La primera es la idea humanista de la cultura como literatura, música y arte, que recoge sus expresiones canónicas. La segunda, más propia de la antropología, entiende la cultura como etnos y permite asignarla a grupos diferenciados —por ejemplo, la cultura neolítica o la cultura americana—. La tercera acepción remite a la facultad ligada al individuo: el conjunto de símbolos, prácticas y pautas culturales que le permiten interpretar el mundo que lo rodea.
En las sociedades contemporáneas, la cultura ha adquirido, además, una función nueva: se ha convertido en un bien de consumo. Este hecho no la rebaja ni la criminaliza; simplemente exige una reflexión ética sobre las condiciones de su consumo. En un horizonte posthumanista, donde el ser humano pierde centralidad, la ética del consumo cultural debe evitar que la cultura se convierta en un mecanismo de adoctrinamiento y definir con precisión su función sin traspasar los límites éticos. Esto implica que la cultura ya no se entiende como algo producido únicamente por sujetos humanos, sino como configuraciones en las que intervienen elementos técnicos. Por eso la cuestión ética cambia: no basta con analizar acciones humanas, sino también cómo estas configuraciones influyen en la forma en que la cultura se interpreta
La transformación contemporánea de la cultura no puede entenderse sin el desarrollo de las industrias culturales y creativas. El concepto clásico de industria cultural, formulado por Adorno y Horkheimer, denunciaba la comercialización de la cultura y su conversión en entretenimiento masivo orientado a la homogeneización simbólica (Horkheimer & Adorno 2018). Aunque esta lectura es ideológica y propia de su época, anticipaba un fenómeno que hoy es estructural: la producción cultural se organiza en sectores que reproducen, difunden y comercializan bienes simbólicos a gran escala. La UNESCO define estas industrias como los sectores dedicados a la producción, promoción y circulación de bienes y actividades de contenido cultural, artístico o patrimonial, tanto en modelos industriales como en modelos de pequeña escala que comparten la salida al mercado (UNESCO 2017). Con la expansión de las industrias creativas —donde los creadores se convierten en emprendedores culturales y la cultura se integra explícitamente en la economía como recurso— se acelera la economización de la cultura, entendida como su progresiva equiparación a un bien de consumo regido por lógicas de mercado (Martínez Moreno s.f.; Rowan s.f.). Este proceso altera la estructura simbólica de la cultura: la producción se orienta hacia la visibilidad, la circulación y la rentabilidad; los contenidos se ajustan a criterios de demanda; y la diversidad cultural queda tensionada por dinámicas de globalización. Tal como señalaba Benjamin, la obra de arte destinada a la reproducción masiva tiende a orientarse hacia el consumo de las masas (Cantó-Milà s.f.), fenómeno que hoy se observa en plataformas y dispositivos culturales que combinan creatividad, tecnología e industria. La evolución de las industrias culturales y creativas ha difuminado la frontera entre la alta cultura y la cultura popular, ha democratizado el acceso simbólico y ha consolidado la cultura como motor económico. Pero también ha introducido riesgos: la subordinación de los contenidos a la rentabilidad, la pérdida de diversidad, la precarización de los creadores y la posibilidad de que los dispositivos culturales operen como mecanismos de orientación o captura de la subjetividad.
Cuando la cultura se convierte en industria, deja de ser únicamente un conjunto de expresiones simbólicas y pasa a funcionar como un sistema de producción de sentido. Los bienes culturales no solo representan el mundo, sino que lo configuran. La cultura industrializada puede orientar percepciones, modular sensibilidades, reforzar identidades o producirlas artificialmente. La economización de la cultura no es neutral: introduce incentivos, filtros, algoritmos, mediaciones tecnológicas y estructuras de mercado que pueden limitar la autonomía interpretativa del sujeto. La cultura deja de ser únicamente un espacio de creación y se convierte en un entorno sociotécnico donde se producen y distribuyen significados. En este punto surge el problema filosófico central: cómo garantizar que la cultura, convertida en bien de consumo, no actúe como dispositivo de adoctrinamiento.
Una ética del consumo cultural debe situarse más allá de la crítica ideológica clásica y más allá de la lógica económica que ha acompañado a las industrias culturales y creativas. Una cultura para un consumo ético es aquella que no instrumentaliza a sus consumidores, en el sentido kantiano de no tratar al sujeto como medio sino como fin en sí mismo (Kant 1785), y que no fabrica consenso ni orienta la percepción de forma estratégica, tal como advirtió Arendt al analizar los riesgos de la manipulación del espacio público (Arendt 1958). Esta ética exige que la circulación simbólica no introduzca distorsiones comunicativas que limiten la autonomía interpretativa, siguiendo la idea habermasiana de comunicación no distorsionada (Habermas 1984). Asimismo, una cultura ética debe ampliar las capacidades del individuo —humanas y no humanas— sin reducirlas a un cálculo utilitarista, en línea con la perspectiva de Nussbaum sobre el desarrollo de capacidades como horizonte normativo (Nussbaum 2011). En un horizonte posthumanista, donde la producción cultural circula entre humanos, instituciones, mercados y sistemas tecnológicos, esta ética debe evitar que la cultura opere como dispositivo de adoctrinamiento, que genere brechas identitarias artificiales o que reproduzca élites simbólicas excluyentes. Tal como señalan Braidotti y Ferrando, el posthumanismo obliga a repensar la responsabilidad de los sistemas culturales más allá del sujeto humano, atendiendo a la complejidad de los ensamblajes sociotécnicos que producen y distribuyen significados (Braidotti 2013; Ferrando 2019). Una cultura ética no se define por su origen ni por su escala, sino por su capacidad de proporcionar un bien común simbólico sin subordinarse a intereses económicos, políticos o tecnológicos, y de garantizar que los bienes culturales amplíen la autonomía del sujeto y no la limiten.
Consumir cultura no es un problema en sí mismo; el problema aparece cuando las condiciones de producción y circulación de los bienes culturales introducen mediaciones que orientan la interpretación del sujeto sin que este disponga de distancia crítica suficiente. La cultura, convertida en industria y en bien de consumo, opera como un dispositivo de producción de sentido que puede ampliar la autonomía interpretativa o reducirla. Consumir cultura éticamente no implica restringir el acceso ni adoptar una actitud moralizante, sino mantener la capacidad de interpretar los contenidos sin quedar subordinado a las lógicas de visibilidad, rendimiento o homogeneización que acompañan a la economización de la cultura. La ética del consumo cultural consiste en preservar la pluralidad simbólica, resistir la reducción de la complejidad y evitar que los dispositivos culturales funcionen como mecanismos de orientación o captura de la subjetividad. En un horizonte posthumanista, donde la producción cultural circula entre humanos, instituciones y sistemas tecnológicos, esta ética exige una vigilancia constante sobre los ensamblajes sociotécnicos que configuran la experiencia. Consumir cultura éticamente significa sostener la autonomía interpretativa frente a estructuras que tienden a organizar el sentido, garantizando que la cultura siga siendo un espacio de ampliación de capacidades y no un instrumento de adoctrinamiento.
Bibliografía
Arendt, Hannah. 1958. The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press.
Braidotti, Rosi. 2013. The Posthuman. Cambridge: Polity Press.
Cantó-Milà, N. s.f. Sociología de la cultura. Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.
Ferrando, Francesca. 2019. Philosophical Posthumanism. London: Bloomsbury Academic.
Habermas, Jürgen. 1984. The Theory of Communicative Action. Volume 1: Reason and the Rationalization of Society. Boston: Beacon Press.
Horkheimer, Max, y Theodor Adorno. 2018. “La industria cultural. Ilustración como engaño de masas.” En Dialéctica de la Ilustración, 161–208. Madrid: Trotta.
Kant, Immanuel. 1785. Grundlegung zur Metaphysik der Sitten. Riga: Johann Friedrich Hartknoch.
Martí, Josep. s.f. ¿Qué entendemos por cultura? Universitat Oberta de Catalunya.
Martínez Moreno, R. s.f. Política cultural. Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.
Nussbaum, Martha C. 2011. Creating Capabilities: The Human Development Approach. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Rowan, J. s.f. Economía y cultura. Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.
UNESCO. 2017. Políticas para la creatividad. Guía para el desarrollo de las industrias culturales y creativas. Paris: UNESCO.