El posthumanismo no resta importancia al humano

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Una interpretación superficial y errónea del posthumanismo sostiene que, bajo este marco, el ser humano pierde importancia. Sin embargo, esta conclusión confunde dos conceptos distintos: centralidad e importancia. El posthumanismo cuestiona la centralidad absoluta del ser humano, pero no su relevancia dentro de las redes de relaciones que constituyen la realidad. La pérdida de centralidad implica reconocer la participación de otros actores humanos y no humanos, pero no supone una disminución automática de la importancia del ser humano. Que otros actores adquieran mayor relevancia no significa que el ser humano la pierda (FilosofoCientifico 2026a). Además, como se ha defendido previamente, mientras no exista una inteligencia artificial fuerte capaz de generar conocimiento de forma autónoma, el ser humano seguirá ocupando una posición de centralidad epistemológica en la producción e interpretación del conocimiento (FilosofoCientifico 2026b). En este escrito no solo se afirma que no existe una pérdida de importancia del ser humano bajo el marco posthumanista, sino que se sostiene que determinadas capacidades humanas continúan siendo fundamentales. Entre ellas destaca la creatividad artística, un ámbito especialmente interesante porque, a diferencia de otras actividades humanas, siempre se desarrolla dentro de complejas redes de tecnologías, tradiciones culturales, instituciones, limitaciones materiales y procesos colectivos. Precisamente por ello constituye un campo privilegiado para examinar hasta qué punto el posthumanismo cuestiona la importancia del ser humano o, por el contrario, obliga a comprender de forma más compleja su papel dentro de dichas redes. La historia del cine proporciona un ejemplo especialmente ilustrativo de este fenómeno.

El cine fue reconocido como el séptimo arte por Ricciotto Canudo, quien lo consideraba una disciplina capaz de integrar las seis artes canónicas conocidas hasta entonces: arquitectura, escultura, pintura, música, danza y teatro, y literatura (Cubas 2021). Desde sus orígenes con los hermanos Lumière (Lumière y Lumière 1896) hasta la actualidad, el cine ha estado estrechamente ligado a los avances tecnológicos, las condiciones sociopolíticas, la creatividad de sus autores, la interpretación de los actores y la imaginación de directores y guionistas. En otras palabras, constituye un ejemplo paradigmático de la red de interacciones humanas y no humanas descrita por el posthumanismo. Sin embargo, reconocer la existencia de esa red no obliga a considerar equivalentes todos los nodos que la componen. Durante las primeras etapas del cine y en gran parte de su período clásico, la innovación tecnológica aparecía subordinada a la creatividad artística. Las nuevas técnicas de filmación, montaje o producción ampliaban las posibilidades expresivas de directores, guionistas y actores, pero no sustituían aquello que hacía posible la obra cinematográfica: la imaginación, la capacidad narrativa y la interpretación humana.

La historia del cine puede interpretarse como la incorporación progresiva de nuevos actores a la red que hace posible la creación cinematográfica. Desde las primeras proyecciones de los hermanos Lumière, el desarrollo del séptimo arte ha estado estrechamente ligado a la innovación tecnológica. Una de las transformaciones más significativas fue la incorporación del sonido sincronizado, cuyo hito fundacional suele situarse en El cantor de jazz (The Jazz Singer, Alan Crosland, 1927). El impacto de esta transición fue tan profundo que acabaría convirtiéndose en uno de los temas centrales de Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), película que muestra las dificultades experimentadas por actores, estudios y técnicos durante el paso del cine mudo al sonoro. Posteriormente se generalizaría el uso del color, primero mediante procedimientos experimentales y más tarde mediante sistemas como Technicolor. Con el tiempo surgirían nuevos competidores que también pasarían a formar parte de la red cinematográfica. La expansión de la televisión obligó a la industria a reaccionar potenciando aquello que el hogar no podía ofrecer: grandes pantallas, formatos panorámicos y experiencias inmersivas como el Cinerama. Décadas más tarde aparecerían el vídeo doméstico, los videoclubes y, finalmente, las plataformas digitales de distribución bajo demanda, que modificarían nuevamente las condiciones de producción, distribución y consumo de las obras audiovisuales.

Desde una perspectiva posthumanista, todos estos elementos constituyen actores relevantes dentro de la red cinematográfica. Sin embargo, el reconocimiento de su importancia no responde a la cuestión fundamental: ¿qué función desempeña cada uno de ellos? La tecnología puede ampliar posibilidades expresivas, facilitar la producción o multiplicar la espectacularidad visual, pero todavía queda por determinar si esos avances son capaces de sustituir las capacidades creativas que históricamente han hecho posible las grandes obras cinematográficas.

En gran parte del cine comercial contemporáneo, la inversión tecnológica parece haberse convertido en un valor casi autónomo. Los efectos digitales, la generación masiva de imágenes por ordenador y la espectacularidad visual ocupan con frecuencia el centro de la experiencia cinematográfica. En contraste, aspectos como la construcción narrativa, la dirección de actores, la interpretación o la originalidad de las propuestas artísticas parecen haber perdido protagonismo relativo. No se trata de negar la importancia de la tecnología dentro de la red cinematográfica, sino de advertir que algunos discursos contemporáneos parecen atribuirle una capacidad creativa que históricamente no ha demostrado poseer. En consecuencia, cuando se intenta desplazar la creatividad, la interpretación, la imaginación o la capacidad narrativa humana hacia la tecnología, el resultado suele ser técnicamente impresionante pero artísticamente pobre.

Si la tecnología posee hoy una capacidad nunca antes vista para producir imágenes, efectos visuales y entornos virtuales, ¿por qué las obras consideradas hitos creativos del cine siguen procediendo con tanta frecuencia de épocas tecnológicamente mucho más limitadas? La respuesta a esta pregunta permite comprender la tesis desarrollada a lo largo de este escrito. El posthumanismo acierta al afirmar que el ser humano ha dejado de ocupar una posición central respecto al conjunto del mundo entendido como una red formada por seres vivos, tecnologías, instituciones y condiciones materiales. Sin embargo, la pérdida de centralidad no implica una pérdida de importancia. El ser humano continúa ocupando una posición singular dentro de esa red, no porque sea el centro absoluto de la realidad, sino porque determinadas capacidades siguen dependiendo de él. Entre estas capacidades se encuentra la creación artística. El arte no surge al margen de las condiciones materiales, tecnológicas y sociales que hacen posible su existencia, pero tampoco puede reducirse a ellas. La obra de arte alcanza su pleno significado a través de la experiencia, la interpretación y la sensibilidad humanas (FilosofoCientifico 2026c; FilosofoCientifico 2026d).

El caso del cine resulta especialmente esclarecedor. La historia del séptimo arte muestra que la incorporación de nuevos actores tecnológicos ha ampliado constantemente las posibilidades de creación, pero también muestra que la tecnología nunca ha sido capaz de sustituir por sí misma la imaginación artística, la capacidad narrativa o la interpretación. Cuando estos elementos humanos pierden relevancia frente a la espectacularidad tecnológica, el resultado suele ser visualmente deslumbrante, pero pobre desde un punto de vista artístico. Las imágenes pueden ser más complejas y los efectos más sofisticados, pero la obra deja de transmitir aquello que solo puede surgir de la experiencia humana. En este sentido, la evolución reciente del cine parece confirmar que la creatividad artística continúa siendo una capacidad fundamentalmente humana. La red posthumanista explica las condiciones que hacen posible la creación, pero la creación misma sigue necesitando de sujetos capaces de dotar de sentido a aquello que producen. Del mismo modo que la verdad necesita de intérpretes para manifestarse, el arte necesita de creadores capaces de transformarla en experiencia estética para el público.

El análisis realizado permite concluir que una de las interpretaciones más frecuentes del posthumanismo consiste en confundir la pérdida de centralidad del ser humano con una supuesta pérdida de importancia. Sin embargo, ambas cuestiones son diferentes. El posthumanismo describe un mundo formado por redes complejas de interacciones donde participan actores humanos y no humanos, pero dicha descripción no implica que todos los actores desempeñen las mismas funciones ni que aporten las mismas capacidades. La descentralización del ser humano no supone su irrelevancia, sino una comprensión más precisa de su papel dentro de la red.

El caso del cine resulta especialmente ilustrativo para comprender esta cuestión. A lo largo de su historia se han incorporado de forma progresiva nuevos actores tecnológicos que han transformado profundamente las posibilidades expresivas del medio. El sonido, el color, los formatos panorámicos, los efectos digitales o las herramientas de inteligencia artificial han ampliado las capacidades de producción y representación cinematográficas. Sin embargo, la evolución tecnológica no ha ido acompañada necesariamente de una evolución equivalente en la calidad artística de las obras producidas.

La historia del séptimo arte sugiere que la tecnología desempeña una función esencial como facilitadora de la creación, pero no constituye el origen de la creatividad. Las grandes obras cinematográficas continúan asociándose a la imaginación de sus creadores, a la capacidad narrativa de sus guionistas, a la visión de sus directores y a la interpretación de sus actores. Cuando estos elementos pierden importancia frente a la espectacularidad tecnológica, el resultado puede ser visualmente impresionante, pero difícilmente alcanza la profundidad artística que caracteriza a las obras más memorables.

Por este motivo, el cine muestra con claridad que el posthumanismo no resta importancia al ser humano. Al contrario, permite comprender de manera más precisa cuáles son las capacidades específicamente humanas que continúan siendo fundamentales dentro de redes cada vez más complejas. Entre ellas destaca la creación artística, una actividad que se desarrolla en diálogo constante con múltiples actores materiales, sociales y tecnológicos, pero cuyo sentido último sigue dependiendo de la capacidad humana para interpretar, imaginar y crear significado.

Bibliografía

Cohn, Alfred A. 1927. El cantor de jazz (The Jazz Singer). Dirigido por Alan Crosland. Warner Bros. Pictures.

Cubas, África. 2021. "Ricciotto Canudo y 'El Manifiesto de las Siete Artes'." PanoramaCultural.com.co, 25 de noviembre. Consultado el 30 de septiembre de 2023.

Donen, Stanley, y Gene Kelly. 1952. Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain). Dirigido por Stanley Donen y Gene Kelly. Metro-Goldwyn-Mayer.

FilosofoCientifico. 2026a. "¿Qué es el posthumanismo?" Entre Bastidores: El Ser, la Existencia y Otros Asuntos. Consultado el 20 de septiembre de 2026.

FilosofoCientifico. 2026b. "La centralidad epistemológica del humano en la red posthumanista." Entre Bastidores: El Ser, la Existencia y Otros Asuntos. Consultado el 20 de septiembre de 2026.

FilosofoCientifico. 2026c. "¿Qué es el arte? Una aproximación filosófica." Entre Bastidores: El Ser, la Existencia y Otros Asuntos.Consultado el 20 de septiembre de 2026.

FilosofoCientifico. 2026d. "De la belleza a la experiencia estética." Entre Bastidores: El Ser, la Existencia y Otros Asuntos. Consultado el 20 de septiembre de 2026.

Lumière, Auguste, y Louis Lumière. 1896. La llegada de un tren a la estación de La Ciotat (L'Arrivée d'un train en gare de La Ciotat).Dirigido por Auguste Lumière y Louis Lumière. Francia.

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