El cuidado de quien cuida. Una reflexión sobre ética del cuidado

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La ética del cuidado es un campo muy amplio, y más aún si se aborda desde una perspectiva posthumanista, en la que no solo puede hablarse del cuidado de las personas, sino también del de los animales, del medio ambiente y de la naturaleza. En este mismo blog se definió cómo debería ser una ética posthumanista, de naturaleza deontológica y basada en la ampliación de los principios de beneficencia, no maleficencia y justicia a actores humanos y no humanos (FilosoCientífico 2026). Dada la amplitud de este campo, cuya exploración completa excedería con creces los límites de un único artículo,  el presente escrito se centrará en el cuidado de seres humanos por otros seres humanos, sin perder de vista la perspectiva posthumanista.

La ética contemporánea ha dedicado una gran atención a la vulnerabilidad de quienes reciben cuidados (Gilligan 1982; Tronto 1993; Kittay 1999); sin embargo, la reflexión sobre la vulnerabilidad de quienes cuidan ha ocupado con frecuencia un lugar secundario. No obstante, el cuidado solo puede sostenerse éticamente cuando quien cuida es también objeto de cuidado. Quien cuida suele ser percibido como sujeto activo del cuidado y la persona cuidada como receptora de su acción. Sin embargo, el propio acto de cuidar transforma, desgasta y vulnerabiliza a quien lo ejerce. Por ello, toda ética del cuidado exige una ética del cuidado de quien cuida.

Tradicionalmente, las sociedades occidentales han atribuido las tareas de cuidado principalmente al ámbito familiar y, dentro de este, de manera preferente a las mujeres. Desde la Antigüedad, los modelos sociales dominantes reservaron para ellas gran parte de las funciones vinculadas a la reproducción, la crianza, la atención a personas dependientes y el mantenimiento de la esfera doméstica, mientras que los hombres asumían una presencia predominante en la esfera pública (Beauvoir 1949; Pateman 1988; Okin 1989). Esta división sexual de roles alcanzó distintas expresiones a lo largo de la historia, pero constituyó un rasgo relativamente constante en las sociedades occidentales.

Los movimientos feministas y la progresiva incorporación de las mujeres al ámbito educativo, profesional y político transformaron profundamente esta situación. Sin embargo, numerosos estudios continúan señalando que las responsabilidades de cuidado siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas (Gilligan 1982; Tronto 1993; Pérez Orozco 2014). Reconocer este hecho resulta imprescindible para comprender la realidad contemporánea de los cuidados.

No obstante, el propósito de este artículo no es analizar la distribución de estas tareas en función del género, sino reflexionar sobre la situación de quien cuida en las sociedades contemporáneas. Una reflexión que adquiere especial relevancia en un contexto caracterizado por la reducción del tamaño de los núcleos familiares, el envejecimiento de la población y la creciente externalización de determinadas funciones de cuidado que tradicionalmente eran asumidas por la familia (Tronto 2013; Haan et al. 2025).

La ética del cuidado suele partir de la vulnerabilidad de quien recibe atención. La enfermedad, la dependencia, la discapacidad o simplemente determinadas etapas de la vida convierten a algunas personas en receptoras de cuidados que les permiten mantener unas condiciones mínimas de bienestar y autonomía. Sin embargo, esta aproximación corre el riesgo de establecer una distinción excesivamente rígida entre quien recibe los cuidados y quien los proporciona.

Diversos autores vinculados a la ética del cuidado han señalado que el cuidado no constituye una relación entre un sujeto fuerte y otro vulnerable, sino una relación entre sujetos mutuamente vulnerables. La dependencia que experimenta quien recibe atención es evidente, pero también quien cuida se encuentra expuesto al desgaste físico, emocional y moral derivado de su propia actividad de cuidado (Tronto 1993; Haan et al. 2025).

Desde esta perspectiva, cuidar no consiste únicamente en atender una necesidad ajena. El cuidado implica involucrarse en una relación que transforma a todos los participantes. Quien cuida invierte tiempo, recursos, emociones y expectativas. En consecuencia, el acto de cuidar no solo responde a una vulnerabilidad previa, sino que genera nuevas formas de vulnerabilidad en quien lo ejerce.

Esta constatación resulta especialmente relevante desde una perspectiva posthumanista. Si la vulnerabilidad no constituye una excepción, sino una propiedad inherente a toda red de relaciones e interdependencias, entonces la figura de quien cuida no puede situarse al margen de dicha condición. La tradicional separación entre quien cuida y quien recibe cuidados aparece así como una simplificación conceptual que oculta el carácter relacional del cuidado. Ambos forman parte de una misma red en la que la vulnerabilidad no desaparece, sino que circula y se redistribuye entre los diferentes actores implicados.

 Por ello, una ética del cuidado que pretenda ser coherente debe reconocer que la vulnerabilidad no pertenece exclusivamente a quien recibe atención. También quien cuida necesita ser reconocido como sujeto moral vulnerable (Kittay 1999; Tronto 1993). El problema ético del cuidado no consiste únicamente en proteger a quien necesita ayuda, sino también en evitar que la propia práctica del cuidado termine generando formas de daño, invisibilización o abandono sobre quienes sostienen cotidianamente esas redes de atención (Tronto 2013; Haan et al. 2025).

 El reconocimiento de la vulnerabilidad de quien cuida obliga a plantear una cuestión adicional: ¿quién cuida de quien cuida? Durante siglos, las sociedades occidentales respondieron a esta pregunta a través de redes familiares relativamente estables. El cuidado de menores, personas enfermas o ancianos era asumido principalmente por la familia extensa y distribuido entre diferentes miembros del grupo familiar. Con independencia de las desigualdades de género que caracterizaron este modelo, la familia constituía la principal red de soporte para quienes asumían responsabilidades de cuidado (Ariès 1962; Laslett 1972; Donzelot 1979)

Sin embargo, las transformaciones demográficas, económicas y culturales producidas durante las últimas décadas han reducido la capacidad de estas estructuras para asumir en solitario dicha función. La disminución del tamaño de los hogares, la movilidad geográfica, el aumento de la esperanza de vida y la incorporación masiva de las mujeres al ámbito laboral han alterado profundamente las condiciones en las que tradicionalmente se desarrollaban las tareas de cuidado (Tronto 2013).

Como consecuencia, el cuidado corre el riesgo de convertirse en una carga individual asumida por una sola persona. Es precisamente en este contexto donde aparecen fenómenos como el agotamiento, el aislamiento, la sobrecarga emocional o el distrés moral descritos por la literatura reciente (Ananzeh et al. 2026; Haan et al. 2025).

Desde una perspectiva posthumanista, la respuesta al cuidado de quien cuida no debería buscarse únicamente en la recuperación de estructuras familiares tradicionales ni en la mera intervención institucional. La condición relacional del ser humano permite pensar el cuidado como una red distribuida entre múltiples actores conectados entre sí.

Bajo este enfoque, la sostenibilidad del cuidado depende menos de vínculos familiares preestablecidos y más de la existencia de redes capaces de compartir responsabilidades, recursos y apoyo. Estas redes pueden estar formadas por familiares, amistades, comunidades locales, asociaciones, instituciones sanitarias, tecnologías de asistencia e incluso sistemas de inteligencia artificial diseñados para complementar determinadas tareas de acompañamiento, seguimiento o coordinación.

El objetivo no consiste en sustituir las relaciones humanas por tecnologías ni en deshumanizar el cuidado, sino en reconocer que la vulnerabilidad humana requiere estructuras de apoyo igualmente complejas. Allí donde el modelo tradicional descansaba en la obligación familiar o en la caridad religiosa, la ética posthumanista permite imaginar redes de cuidado construidas sobre relaciones de cooperación entre actores diversos, humanos y no humanos.

Desde este punto de vista, cuidar de quien cuida exige diseñar ecosistemas de apoyo capaces de distribuir las cargas del cuidado y evitar que estas recaigan de forma exclusiva sobre un único individuo. La pregunta ética ya no es únicamente quién necesita cuidados, sino también cómo se configura la red que hace posible sostener dichos cuidados en el tiempo. Una ética posthumanista del cuidado no debe limitarse a preguntarse quién cuida de la persona vulnerable, sino cómo debe configurarse una red de actores humanos y no humanos para evitar que la vulnerabilidad termine desplazándose hacia quien cuida.

Desde una perspectiva posthumanista, el cuidado deja de entenderse como una relación unidireccional entre un sujeto cuidador y un sujeto cuidado. Ambos forman parte de una misma red de interdependencias en la que las responsabilidades, los recursos y las vulnerabilidades circulan entre múltiples actores. La cuestión ética ya no consiste únicamente en garantizar que alguien reciba los cuidados necesarios, sino en asegurar que la propia red que los hace posibles permanezca funcional y sostenible.

Cuando la vulnerabilidad de quien cuida es ignorada, no fracasa únicamente un individuo; se debilita toda la red de relaciones que sostiene el cuidado. Del mismo modo, cuando dicha vulnerabilidad es reconocida y distribuida mediante estructuras de apoyo adecuadas, el cuidado deja de depender del sacrificio de una persona concreta para convertirse en una propiedad emergente de la propia red.

Desde esta perspectiva, cuidar de quien cuida no constituye una obligación adicional a la ética del cuidado, sino una condición necesaria para su existencia. Una red que consume a quienes sostienen el cuidado está destinada a degradarse con el tiempo. Por el contrario, una red capaz de sostener simultáneamente a quienes reciben cuidados y a quienes los proporcionan se aproxima a un ideal ético más coherente con la interdependencia que caracteriza a los actores humanos y no humanos.

La pregunta final ya no es quién cuida de quien cuida. La verdadera pregunta es qué tipo de redes somos capaces de construir para que el cuidado no dependa de la fortaleza, la disponibilidad o el sacrificio de un actor aislado, sino de la capacidad colectiva de la red para sostenerse a sí misma.

 Bibliografía

 Ananzeh, Tharaa, Caroline F. Morrison, Elaine L. Miller, Natalie Kreitzer y Tamilyn Bakas. 2026. “Moral Distress Among Family Caregivers: A Concept Analysis.” Journal of Advanced Nursing 82 (8): 7785-7802. https://doi.org/10.1111/jan.70444.

 Ariès, Philippe. 1962. Centuries of Childhood: A Social History of Family Life. New York: Vintage Books.

 Beauvoir, Simone de. 1949. Le deuxième sexe. París: Gallimard.

Donzelot, Jacques. 1979. The Policing of Families. New York: Pantheon Books.

 FilosoCientífico. 2026. “Ética posthumanista.” Entre Bastidores. El Ser, la Existencia y Otros Asuntos. https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/etica-posthumanista/.

Gilligan, Carol. 1982. In a Different Voice: Psychological Theory and Women's Development. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Haan, Maaike, Jelle van Gurp, Marianne Boenink y Gert Olthuis. 2025. “A Care Ethical Perspective on Family Caregiver Burden and Support.” Nursing Ethics 32 (6): 1873-1885.

Kittay, Eva Feder. 1999. Love's Labor: Essays on Women, Equality, and Dependency. New York: Routledge.

 Laslett, Peter. 1972. Household and Family in Past Time. Cambridge: Cambridge University Press.

 Okin, Susan Moller. 1989. Justice, Gender, and the Family. New York: Basic Books.

Pateman, Carole. 1988. The Sexual Contract. Stanford: Stanford University Press.

Pérez Orozco, Amaia. 2014. Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de Sueños.  

 Tronto, Joan C. 1993. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge.

Tronto, Joan C. 2013. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. New York: New York University Press.

 

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