Los hombres y las masculinidades: ética, biopolítica y performatividad

Share

La masculinidad no es una esencia natural, sino una construcción histórica que organiza cuerpos, expectativas y posiciones sociales. En sociedades atravesadas por la herencia patriarcal, la masculinidad hegemónica opera como un dispositivo que define qué debe ser un hombre y qué formas de vida quedan relegadas a la subordinación. Connell advierte que la masculinidad nunca ha sido un objeto coherente y que las definiciones normativas solo indican lo que los hombres “debieran ser” (Connell 1997, 31‑35). Esta hegemonía no funciona como un conjunto de normas explícitas, sino como una tecnología de poder que, en términos foucaultianos, administra la vida, regula los gestos y clasifica las masculinidades según su proximidad al ideal dominante. La microfísica del poder descrita por Foucault permite comprender cómo las masculinidades subordinadas son vigiladas, corregidas y normalizadas por instituciones que ejercen biopoder y biopolítica sobre los cuerpos masculinos (Foucault 1979). El poder, como señala Foucault, no se posee, sino que circula y actúa sobre la vida, administrándola y regulándola en todas sus dimensiones (Foucault 1998 [1976], 165).

Los hombres que se alejan del ideal hegemónico —por su expresión de género, su corporalidad o su forma de habitar la masculinidad— quedan expuestos a mecanismos de disciplinamiento que recuerdan al panoptismo de Vigilar y castigar (Foucault 2002 [1975]). La masculinidad hegemónica produce sujetos y descarta sujetos, generando dolor y alienación en quienes no encajan en el modelo dominante. Tal como afirma Foucault, “no existe poder sin rechazo o rebelión en potencia” (Foucault 1989), y las nuevas masculinidades reivindicadas desde los años ochenta muestran que la hegemonía masculina puede ser contestada y transformada (Enguix s.f.). Kauffman insiste en que el punto de partida debe ser reconocer la centralidad del privilegio masculino y la necesidad de desafiarlo (Kauffman 1997, 79), lo que implica desmontar la confusión entre sexo y género que ha sostenido la figura tradicional del “macho”. El análisis de las masculinidades subordinadas no compite con la crítica feminista del patriarcado; la complementa mostrando cómo el mismo orden que oprime a las mujeres también disciplina y castiga a los hombres que no encajan en la hegemonía. Reconocer este daño no implica desplazar el centro histórico de las luchas feministas, sino comprender que el patriarcado produce privilegio masculino, pero no lo distribuye de manera homogénea entre todos los hombres.

Desde la ética, esta estructura exige ser cuestionada. La ética de la justicia obliga a examinar cómo la masculinidad hegemónica distribuye ventajas y desventajas, generando desigualdades internas entre los propios hombres y reproduciendo privilegios que se presentan como naturales. La ética del cuidado revela que la hegemonía masculina reprime la vulnerabilidad y la interdependencia, produciendo sujetos incapaces de reconocer su propio daño. La ética de la responsabilidad exige hacerse cargo de las consecuencias que la hegemonía tiene sobre quienes quedan fuera de ella: hombres subordinados, hombres no normativos, hombres que viven su masculinidad desde la fragilidad o la disidencia. Defenderlos no es un gesto contra las mujeres, sino un gesto contra el patriarcado.

La performatividad del género permite comprender que la masculinidad no es un destino biológico, sino una repetición social que puede ser reconfigurada. Los hombres subordinados no son menos hombres; son hombres que encarnan masculinidades alternativas cuya legitimidad ha sido negada por la hegemonía. Como ha mostrado Diez Cervantes (2026), el derecho a decidir la propia identidad de género exige reconocer que la subjetividad no es un dato natural, sino una construcción performativa que debe ser protegida éticamente. La pregunta contemporánea no es cómo preservar la masculinidad tradicional, sino cómo abrir espacio para que cada sujeto pueda decidir qué masculinidad performa sin quedar expuesto a sanción, burla o exclusión. En este sentido, la defensa de los hombres que no encajan en el estereotipo no es una defensa del hombre como categoría, sino una defensa de la pluralidad de masculinidades que el patriarcado ha intentado suprimir.

El mundo laboral muestra con claridad esta estructura. Aunque la legislación prohíbe la discriminación por género, la masculinidad hegemónica sigue operando como criterio informal de valoración. En el mercado laboral contemporáneo no se paga más o menos por ser hombre o mujer —eso sería ilegal—, pero sí persisten diferencias salariales asociadas a la historia de cada ocupación. Los trabajos tradicionalmente feminizados, como cuidados, limpieza o atención personal, tienden a estar peor remunerados, mientras que los trabajos históricamente masculinizados, vinculados a fuerza física, resistencia o riesgo, mantienen salarios más altos. Aunque hoy los desempeñen hombres o mujeres, el valor económico del trabajo sigue arrastrando la clasificación de género que se le asignó en el pasado. Los trabajos asociados a fuerza o resistencia física —atributos históricamente vinculados a la hegemonía masculina— reciben salarios más altos que trabajos equivalentes en complejidad, pero asociados a feminidades o masculinidades subordinadas. Incluso en sociedades occidentales del siglo XXI, la brecha salarial puede reproducirse entre masculinidades, de modo que los hombres que no encarnan la hegemonía pueden ser penalizados de forma similar a las mujeres (Antena 3 Noticias 2020). La estructura patriarcal no discrimina únicamente por sexo, sino por adecuación al ideal masculino dominante.

Superar la masculinidad hegemónica exige una ética híbrida: una ética que combine justicia, cuidado y responsabilidad con una crítica biopolítica del poder y una comprensión performativa del género. No se trata de sustituir un modelo por otro, sino de desactivar la idea de que existe una única forma legítima de ser hombre. La masculinidad hegemónica debe ser desmontada porque produce daño, genera exclusión y limita la capacidad de los sujetos para decidir su propia forma de vida. La igualdad no se alcanzará mientras la hegemonía masculina siga definiendo qué vidas masculinas merecen reconocimiento y cuáles deben ser corregidas, vigiladas o relegadas. La tarea contemporánea es ética y política: construir un marco en el que todas las masculinidades puedan existir sin quedar sometidas a jerarquías de valor. Defender a los hombres que no encajan en el estereotipo es combatir el patriarcado desde dentro, allí donde también produce víctimas. Reconocer el daño que el patriarcado inflige a los hombres que no encajan en la hegemonía forma parte de una convicción ética: ningún sistema que sustituye la justicia por la sospecha, que invierte la presunción de inocencia o que convierte la identidad en criterio de culpabilidad puede considerarse emancipador. Nombrar estas vulnerabilidades no es competir con otras luchas, sino afirmar que la dignidad no admite excepciones. En última instancia, ninguna reflexión sobre masculinidades o feminidades debería olvidar que la categoría ética fundamental no es ‘hombre’ ni ‘mujer’, sino ‘persona’. Las identidades pueden describir experiencias, pero solo la condición de persona puede fundamentar la justicia. Ese es el punto desde el que debe pensarse cualquier crítica del poder.

Bibliografía

Antena 3 Noticias. 2020. El decreto ley contra la brecha salarial obliga a las empresas a tener un registro con los sueldos de hombres y mujeres. 13 de octubre de 2020.

Connell, R. 1997. La organización social de la masculinidad. En Masculinidad-es: poder y crisis, 31-48. Santiago de Chile: ISIS-FLACSO

Diez Cervantes, J. M. 2026. Ética de la identidad de género: el derecho a decidir sobre la propia identidad. Una reflexión filosófica a partir del caso de la Coccinelle. Jacqueline Charlotte Dufresnoy. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). https://hdl.handle.net/10609/156065

Enguix, B. s.f.. Entrevista a Begoña Enguix. UOC.

Foucault, M. 1979.Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta.

Foucault, M. 1989. El Poder: Cuatro Conferencias. México: Libros del Laberinto.

Foucault, M. 1998 [1976]. Derecho de muerte y poder sobre la vida. En Historia de la sexualidadI, 161-194.

Foucault, M. 2002 [1975]. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI.

Kauffman, M. 1997. Las experiencias contradictorias del poder entre los hombres. En Masculinidad-es:poder y crisis, 63-81. Santiago de Chile: ISIS-FLACSO.

 

Read more