Lo Que la Tecnología Calla
La pregunta de si los artefactos tienen política y género parece, en un primer momento, casi absurda: cuesta atribuir características genuinamente humanas a objetos inanimados. Sin embargo, esta dificultad inicial se disipa cuando se observa que los artefactos no surgen en un vacío neutro, sino en sociedades atravesadas por relaciones de poder, por estructuras políticas y por desigualdades de género que impregnan tanto su diseño como su uso. Desde Aristóteles hasta las teorías contemporáneas de la tecnología, la reflexión filosófica ha insistido en que el ser humano es un animal político por naturaleza, y que su vida en común se articula mediante instituciones, prácticas y dispositivos que no son ajenos a la política. Si el ser humano fabrica artefactos para vivir en sociedad, no resulta extraño pensar que esos artefactos queden impregnados de la política y del género de quienes los diseñan y utilizan.
Langdon Winner sostiene que los artefactos pueden tener propiedades políticas de dos formas distintas. En sus palabras, «la invención, diseño y preparativos de un determinado instrumento o sistema técnico se convierten en un medio para alcanzar un determinado fin dentro de una comunidad» (Winner, 2021, p. 2). Esta primera modalidad remite a tecnologías cuyo diseño se orienta deliberadamente a producir determinados efectos sociales y políticos, más allá de su función técnica aparente. El ejemplo clásico que ofrece Winner es el diseño de los pasos elevados de Long Island, en Nueva York, cuya altura impedía el paso de autobuses y favorecía el acceso mediante vehículo privado, separando de facto a las clases más humildes de ciertos espacios públicos (Winner, 2021, pp. 3–5). Otro ejemplo es el diseño de determinadas máquinas industriales que, además de cumplir una función productiva, podían servir para desplazar del panorama laboral a sindicalistas considerados molestos (Winner, 2021, pp. 3–5). En todos estos casos, la política no aparece como un añadido externo, sino como un criterio que orienta el diseño mismo del artefacto.
La segunda modalidad que describe Winner es más compleja y controvertida: se trata de «tecnologías inherentemente políticas, sistemas ideados por humanos que parecen necesitar o ser fuertemente compatibles con ciertos tipos de relaciones sociales» (Winner, 2021, p. 2). Aquí no se trata solo de que el diseño tenga efectos políticos, sino de que ciertas tecnologías solo pueden existir en el marco de estructuras políticas específicas. La energía nuclear, tanto en su uso civil como militar, es un ejemplo paradigmático: requiere una organización fuertemente centralizada, jerarquías rígidas, control estatal y dependencia de expertos (Winner, 2021, pp. 5–8). En este sentido, Winner va más allá de un constructivismo social débil —según el cual los artefactos se construyen en un entorno social determinado (Aibar Puentes, 2021)— y afirma que la política se incorpora a la materialidad misma de la tecnología.
Esta concepción de la tecnología como portadora de política se aproxima a las nociones foucaultianas de biopoder y biopolítica. Foucault describe cómo el poder moderno se desplaza del «poder de muerte» propio del soberano hacia un poder que «se ejerce positivamente sobre la vida, que procura administrarla, aumentarla, multiplicarla, ejercer sobre ella controles precisos y regulaciones generales» (Foucault, 1998 [1976], p. 165). Los artefactos, impregnados de política, se convierten en instrumentos de gestión de la vida, facilitando el paso de las sociedades disciplinarias descritas en Vigilar y castigar (Foucault, 2002 [1975]) a las sociedades de control que Deleuze analiza en su célebre «Post-scriptum sobre las sociedades de control» (Deleuze, 2006). Como ha señalado Garcés, la vida se convierte en concepto político y el poder se ejerce mediante redes que atraviesan cuerpos, espacios y dispositivos (Garcés, 2005). En este contexto, la teoría del actor-red ofrece una aproximación simétrica a las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, mostrando cómo humanos y no humanos se articulan en redes de poder y significado (Domènech Argemí & Tirado Serrano, 2021).
Si la política puede quedar inscrita en los artefactos, cabe preguntarse si ocurre algo similar con el género. La historia de la civilización occidental muestra que la presencia de la figura femenina ha sido discreta y relegada. Desde la Antigua Grecia hasta prácticamente nuestros días, la mujer ha estado inmersa en una sociedad patriarcal que la ha confinado al espacio privado, asignándole tareas de cuidado del hogar, de familiares y enfermos, así como la función reproductiva, mientras se le negaban derechos básicos como el voto, la participación política y el acceso a la educación superior (Comesaña Santalices, 2001; Flórez, 2008). Esta negación del espacio público implica una negación de la libertad de la mujer y un impedimento para que desarrolle su pensamiento y sus habilidades tecnológicas, más vinculadas a la esfera pública que a la privada (Flórez, 2008). En este contexto histórico, no resulta extraño que el género se incorpore a la tecnología desde su diseño.
Verónica Sanz sostiene que «el género no sólo se asocia a las tecnologías cuando ya están construidas, sino que se ha incorporado a la propia materialidad de los artefactos» (Sanz, 2016, p. 93). Para defender esta tesis, se apoya en la interpretación feminista de la teoría del actor-red y en la metáfora del guion o escenario de Akrich, según la cual los artefactos contienen instrucciones implícitas sobre quién debe usarlos y cómo. Un ejemplo claro son las maquinillas de afeitar producidas en dos versiones: una para hombres y otra para mujeres. Las maquinillas para hombres incluían partes desmontables que permitían ciertas reparaciones por el usuario, mientras que las maquinillas para mujeres carecían de ellas, bajo el prejuicio de que las mujeres eran tecnológicamente incapacitadas para estas pequeñas reparaciones, motivo por el que no era necesario incluir dichas partes en el diseño (Sanz, 2016, pp. 95–100). El género se introduce así en la materialidad del objeto, configurando expectativas sobre las capacidades de los usuarios.
En el ámbito del software, Sanz describe cómo los guiones de género se introdujeron en los primeros procesadores de texto. Los programas diseñados para mujeres partían del prejuicio de que la mujer era tecnológicamente incompetente, por lo que se orientaban a evitar errores de las mecanógrafas, priorizando la corrección sobre la eficiencia. El resultado fue el fracaso de estos softwares, que enlentecían el trabajo al intentar suplir la supuesta incompetencia tecnológica de las secretarias (Sanz, 2016, pp. 100–107). En cambio, triunfaron los procesadores de texto pensados para hombres, diseñados bajo la premisa de que los ejecutivos tenían muchos compromisos laborales y no podían perder tiempo escribiendo textos, pero eran tecnológicamente competentes. Otro ejemplo es el software para teleoperadoras, pensado para facilitar el trabajo femenino pero tan rígido que lo dificultaba, produciendo un descenso en la productividad (Sanz, 2016, pp. 100–107). La inclusión de guiones de género basados en estereotipos tradicionales no solo mantiene y agranda las diferencias de género clásicas, sino que tiende a producir tecnologías que no son operativas como se esperaba.
Sanz advierte además que incluso aquellas tecnologías que aparentan ser neutras pueden incorporar guiones de género de forma inconsciente. Es lo que denomina I-Methodology: las guías para el diseño tecnológico son las propias preferencias de los diseñadores, que proyectan su identidad y sus expectativas en los artefactos (Sanz, 2016, p. 109). El género está, además, muy contextualizado, por lo que habría que estudiar caso a caso cómo afecta a los diferentes objetos. Y no solo existen guiones de género: también los hay de edad, de clase, de nivel educativo e incluso guiones políticos (González García, 2017). La tecnología se convierte así en un espacio donde se inscriben múltiples ejes de desigualdad.
Volviendo a la pregunta inicial, ¿tienen política y género los artefactos? En principio, parece difícil atribuir características genuinamente humanas a objetos inanimados. Sin embargo, tras lo argumentado, se puede afirmar que los artefactos no tienen política y género en sentido propio, pero quedan impregnados de la política y del género de los humanos que los construyen. La tecnología se diseña y se implementa en un entorno social, económico y político determinado, y refleja las estructuras de poder y las desigualdades de género de ese entorno (Aibar Puentes, 2021; González García, 2017). Winner muestra cómo la política se incluye en el diseño para producir ciertos efectos sociales, y Sanz evidencia que el género se incorpora a la materialidad de los artefactos desde su propio diseño.
No obstante, si rechazamos el determinismo tecnológico, también deberíamos rechazar el determinismo político o de género. La política y el género no son los únicos factores que intervienen en la innovación tecnológica, y cuando lo hacen no siempre es de forma consciente; en numerosas ocasiones actúan como mero reflejo del contexto político y social en el que emergen las nuevas tecnologías. Por lo tanto, se deben evitar las teorías conspirativas y efectuar un análisis caso a caso para evaluar el peso del determinismo político o de género presente. La tecnología no dicta la sociedad, pero tampoco es ajena a ella: se sitúa en un término medio donde refleja, reproduce y a veces transforma las estructuras de poder existentes. Una vez más, como decía Aristóteles, la virtud está en el término medio.
En conclusión, los artefactos no son neutros. Su diseño, su funcionamiento y su impacto social están atravesados por relaciones de poder y por desigualdades de género que se inscriben en su materialidad. La política y el género no son propiedades mágicas de los objetos, sino huellas de las sociedades que los producen. Analizar la tecnología desde esta perspectiva permite comprender mejor cómo se negocian valores, identidades y formas de vida en el seno de las redes sociotécnicas, y abre la posibilidad de intervenir críticamente en el diseño para evitar reproducir desigualdades y para imaginar artefactos más justos. La tecnología es, en última instancia, un espejo de la sociedad que la crea, y mirarse en ese espejo exige rigor filosófico y sensibilidad política.
Bibliografía
Comesaña Santalices, G. M. (2001). Lectura feminista de algunos textos de Hannah Arendt. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 18, 125–142.
Deleuze, G. (2006). Post-scriptum sobre las sociedades de control. Polis, Revista Latinoamericana, (13).
Domènech Argemí, M., & Tirado Serrano, F. J. (2021). La teoría del actor-red. Una aproximación simétrica a las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad.
Flórez, L. (2008). Arendt y el contractualismo: la importancia de la relación entre política y libertad. Saga: Revista de Estudiantes de Filosofía.
Foucault, M. (1998 [1976]). Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.
Foucault, M. (2002 [1975]). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Garcés, M. (2005). La vida como concepto político: una lectura de Foucault y Deleuze. Athenea Digital, 7, 87–104.
González García, M. I. (2017). Ciencia, tecnología y género. Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).
Sanz, V. (2016). Género en el “contenido” de la tecnología: ejemplos en el diseño de software. Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Sociedad, 11(31), 93–118.
Winner, L. (2021). ¿Tienen política los artefactos? En D. MacKenzie et al. (Eds.), The Social Shaping of Technology. OEI.