La verdad y sus formas

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Reflexiones sobre la verdad

La verdad posee una utilidad práctica indiscutible y, en muchos casos, resulta imprescindible para la supervivencia humana, más allá de cualquier consideración ética o existencial. Harry G. Frankfurt, en Sobre la verdad, subraya esta dimensión pragmática y añade un valor filosófico adicional al mostrar el vínculo entre verdad e identidad. Sin embargo, algunos de sus planteamientos pueden discutirse. Es razonable aceptar que arquitectos e ingenieros necesitan verdades fácticas para levantar edificios y estructuras, pero resulta arriesgado negar de forma tajante la posibilidad de que existan otras formas de verdad en ámbitos distintos. En su obra no queda del todo clara la respuesta a cómo, en diferentes culturas —o incluso dentro de una misma a lo largo del tiempo—, pueden coexistir verdades divergentes sobre conceptos abstractos como la belleza o la justicia.

Frankfurt sostiene que los hechos son lo que son y que no podemos modificarlos a voluntad. Esta afirmación puede aceptarse, aunque también es cierto que un mismo hecho puede percibirse de maneras distintas según la perspectiva del observador, generando verdades parciales o complementarias. Ortega y Gasset lo expresa con precisión: “La realidad, precisamente por serlo y hallarse fuera de nuestras mentes individuales, sólo puede llegar a éstas multiplicándose en mil caras o haces” (El espectador, 1916). Desde esta óptica, las verdades no se excluyen entre sí, sino que se articulan como manifestaciones diversas de una misma realidad.

La mentira, en su forma extrema, puede conducir a quien la sostiene a vivir en un mundo ilusorio, incluso a la locura, y sin duda puede destruir una amistad. También es evidente que una sociedad fundada en la mentira carecería de futuro. No obstante, la mentira puede resultar útil para quien la practica, en tanto que le proporciona algún beneficio inmediato. Por ello, es discutible afirmar que la mentira genera necesariamente desconcierto o desasosiego por nuestra incapacidad para distinguirla de la verdad; en muchos casos, la mentira funciona precisamente porque el sujeto decide no distinguir.

Reconocida la importancia de la verdad fáctica y su utilidad, es imprescindible ampliar la búsqueda de la verdad hacia otros enfoques que permitan comprender su pluralidad y complejidad. La verdad no es un bloque homogéneo ni una esencia única, sino un fenómeno que se manifiesta en distintos niveles de realidad y que exige ser abordado desde perspectivas diversas: natural, social, cultural, histórica y simbólica.

Objetivismo, constructivismo y la cuestión de los hechos

Para profundizar en esta cuestión, conviene revisar brevemente el estado actual de las tesis objetivistas y constructivistas del conocimiento. De manera general, las posiciones objetivistas sostienen que la realidad existe independientemente del sujeto, mientras que las constructivistas afirman que la realidad es, en alguna medida, producto de la actividad humana, ya sea cognitiva, social o cultural.

El constructivismo surgió como una alternativa a las tensiones entre racionalismo y empirismo, y como una crítica a la hegemonía del positivismo en epistemología. Sus raíces pueden rastrearse en la filosofía griega y en autores modernos como Descartes, Galileo o Kant, y ha sido desarrollado en profundidad por diversos autores contemporáneos (Raya, Andonegui y Alfaro 2007). A pesar de las críticas recibidas, el constructivismo ha aportado herramientas valiosas para comprender cómo se generan y legitiman los significados en las ciencias sociales (Pérez Rubio 2012).

Desde el lado objetivista, Boghossian (2006) ha defendido con firmeza la existencia de hechos independientes de cualquier marco cultural o social. Reconoce que en ámbitos morales o estéticos puede haber pluralidad de perspectivas, pero insiste en que, en cuestiones fácticas, la evidencia no depende de la voluntad humana. Para él, la ciencia es un método privilegiado para aproximarse a esos hechos, aunque esta confianza exige justificar por qué debería ocupar ese lugar frente a otras formas de creencia.

Las posiciones relativistas, por su parte, niegan que el relativismo implique que todas las opciones sean igualmente válidas. Fernández‑Ramírez (2014) sostiene que lo que el relativismo defiende es que los criterios de validez dependen de los contextos sociales e históricos en los que surgen. Desde esta perspectiva, la ciencia no garantiza por sí misma la posesión de la verdad, sino que es una práctica situada que adquiere autoridad dentro de un marco cultural determinado. Rorty (1996) refuerza esta idea al afirmar que el pragmatista no tiene una teoría de la verdad como correspondencia, sino que acepta aquellas creencias que funcionan en un entorno social dado.

A pesar de las tensiones entre objetivismo y relativismo —que Boghossian (2006) describe como una auténtica “guerra de las ciencias”—, existen propuestas de conciliación. El pragmatismo pluralista, defendido por Nubiola (2001), sostiene que la búsqueda de la verdad es valiosa porque implica perfeccionamiento y progreso, pero rechaza la idea de un único camino privilegiado hacia ella. Esta postura reconoce la diversidad de perspectivas sin renunciar a la noción de verdad, evitando así caer en un relativismo que se autodestruye al negar cualquier posibilidad de progreso humano.

Evidencia, justificación y niveles de verdad

Desde este marco conceptual, podemos abordar la cuestión de cómo se establecen verdades sobre hechos que no dependen de nosotros. La existencia de entidades o acontecimientos del pasado —como especies extintas, fenómenos geológicos o procesos evolutivos— es independiente de nuestra actividad social. Lo que sí depende de nuestra organización cultural es la decisión de investigar esos hechos, los métodos que empleamos y las interpretaciones que elaboramos.

La evidencia, cuando es suficientemente robusta, puede explicar por sí misma nuestras creencias, aunque la justificación de esa evidencia siempre se articula dentro de un marco social (Boghossian 2006). En este sentido, la distinción entre evidencia y justificación resulta crucial: la evidencia pertenece al nivel natural, mientras que la justificación pertenece al nivel social. La evidencia no la construimos; la interpretación y la validación sí.

Esta articulación entre modos de aparición es precisamente lo que explica la teoría del nexo: la verdad natural es independiente de nosotros, mientras que la verdad social depende de nuestras prácticas; y, sin embargo, ambas se condicionan mutuamente. Como señala Searle (2011), cuando la evidencia es abrumadora, la discusión no gira en torno a la existencia del hecho, sino a los marcos conceptuales que utilizamos para interpretarlo.

Bibliografía 

Boghossian, Paul A. 2006. El miedo al conocimiento: contra el relativismo y el constructivismo. Traducido por Fabio Morales García. Madrid: Alianza Editorial.

Fernández-Ramírez, Baltasar. 2014. «En defensa del relativismo. Notas críticas desde una posición construccionista.» Aposta. Revista de Ciencias Sociales 60: 1–36.

Frankfurt, Harry G. 2006. Sobre la verdad. Barcelona: Paidós.

Nubiola, Jaime. 2001. «Pragmatismo y relativismo: Una defensa del pluralismo.» Thémata. Revista de Filosofía 27: 49–57.

Pérez Rubio, Ana María. 2012. «Sobre el Constructivismo: construcción social de lo real y práctica investigativa.» Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales 2 (2): 5–21.

Raya, Valeria, Martín Andonegui y Manuela Alfaro. 2007. «Constructivismo: orígenes y perspectivas.» Laurus 13: 76–92.

Rorty, Richard. 1996. «Solidaridad u objetividad.» En Objetividad, relativismo y verdad, 39–56. Barcelona: Paidós.

Searle, John. 2011. «¿Por qué creerlo?» Revista de Libros 170: 21–24.

 

 

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