La Revolución Científica y la defensa de la Ciencia

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La Revolución Científica fue un periodo del pensamiento occidental que abarca desde el modelo heliocéntrico de Copérnico (1543) hasta la ley de la gravitación universal de Newton (1687). En este periodo se abandonó el modelo organicista del universo y la Ciencia (filosofía segunda) reclamaba su posición en el mundo como sistema de proporcionar conocimiento verídico más allá de las Sagradas Escrituras con la visión teocéntrica del mundo.

 Uno de los actores importantes de este proceso fue Galileo Galilei, a quien en el año 1633 se acusó de haber incumplido la orden dada en el año 1616 que le prohibía enseñar y afirmar que era cierta la doctrina heliocéntrica de Copérnico. En primer lugar, se debería mencionar que tal prohibición no se efectuó nunca, solo se le comunicó que la doctrina heliocéntrica de Copérnico es contraria a la interpretación de las Sagradas Escrituras, según la carta escrita por el cardenal Bellarmino.

Nos, cardenal Roberto Bellarmino, habiendo sabido que se dice calumniosamente que el signor Galileo Galilei ha abjurado ante nosotros y que se le ha impuesto una penitencia, y habiéndosenos solicitado que hagamos constar la verdad sobre esto, declaramos que el citado signor Galileo no ha abjurado ni ante nosotros ni ante otras personas [..] de ninguna opinión o doctrina mantenida por él; tampoco se le ha impuesto ningún tipo de penitencia o castigo[..] sólo se le ha notificado la declaración efectuada por los santos padres y hecha pública por la Sagrada Congregación del Índice .

— Texto extraído del trabajo de Fernando Bombal Gordón, 2014, a su vez referenciado del libro de Dava Sobel (1999), pp 87-88.—

Antes de proseguir con la casuística concreta de Galileo como defensor de la ciencia, se debe decir que, si Platón fue cristianizado por San Agustín y la patrística, Aristóteles fue cristianizado por Santo Tomás de Aquino y la escolástica, y que precisamente el modelo aristotélico-ptolemaico era el modelo del universo adaptado a las Sagradas Escrituras. En este modelo, el universo está formado por dos partes bien diferenciadas: el mundo sublunar y el mundo supralunar. La Tierra se encuentra debajo de la esfera de la Luna y está formada por los cuatro elementos de Empédocles: tierra, agua, aire y fuego; todos los otros elementos son combinaciones de estos. El elemento tierra es el más pesado y su lugar natural es el centro del universo, que se corresponde con el centro de la Tierra; sobre la tierra se encuentra el agua, sobre el agua el aire y sobre el aire el fuego. El mundo supralunar es perfecto y en él no se encuentran los cuatro elementos, está formado por la quinta esencia o quinto elemento, esta esencia no cae hacia la Tierra, sino que tiene un movimiento circular perfecto. Cada planeta, incluido el Sol, se encuentra en una esfera con su propio movimiento y la última esfera transparente, como todas ellas, es la de las estrellas fijas, que efectúa una rotación completa en un día.

 El modelo de Ptolomeo, recogido en el Almagesto, se basa en el modelo geocéntrico de Aristóteles. En este modelo, los planetas se mueven en pequeños círculos (epiciclos), y el centro de estos se desplaza sobre un círculo mayor (deferente) que gira en torno a la Tierra. Ptolomeo, para ajustar el modelo, tuvo que introducir la excéntrica y los ecuantes. El modelo aristotélico-ptolemaico sostiene que la Tierra es inmóvil, basándose en que las estrellas fijas carecen de movimiento.

Copérnico en De Revolutionibus Orbium señala que el Sol se encuentra fijo en el centro del universo y el resto de los planetas, incluida la Tierra, giran a su alrededor. Como consecuencia, este modelo implica que todas las deferentes de los planetas están centradas en el Sol y explicaría mejor los movimientos retrógrados de los planetas, que solo serían aparentes. La esfera de las estrellas se encontraría fija, pero a una distancia mucho mayor que la del modelo aristotélico-ptolemaico, impidiendo percibir el efecto de paralaje —Información recopilada del Museo Virtual de la Ciencia. CSIC (López Sánchez, Refolio Refolio, & Moreno Gómez, 2006)—.

En este contexto, se pidió a Galileo una demostración concluyente del modelo de Copérnico —aunque tampoco existía una demostración concluyente del modelo aristotélico‑ptolemaico, la Iglesia consideraba innecesaria una prueba del modelo vigente porque lo entendía respaldado por la verdad teológica— y, si bien es cierto que en ese momento no pudo aportar esa demostración, sí presentó distintos indicios que podían decantar la balanza a favor de la doctrina heliocéntrica.

Los indicios principales son los movimientos de las estrellas Médici —nombre dado por Galileo a los satélites de Júpiter que observó tras perfeccionar su telescopio para la observación del firmamento; además, comprobó que estos seguían las leyes de Kepler y eran incompatibles con la presencia de esferas de “cristal”—, descubiertas por él mismo, y la descripción de las fases de Venus —las fases de Venus también podían explicarse mediante el modelo de Tycho Brahe, en el que el Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra y el resto de planetas alrededor del Sol, aunque la explicación es más simple en el modelo de Copérnico—. Galileo aportó numerosas observaciones decisivas, pero otras explicaciones, como la de las mareas, no podían sostenerse. La interpretación que aparece en el Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico, e Coperniciano es brillante desde el punto de vista argumentativo, pero científicamente falsa: el efecto de la rotación terrestre sobre el océano existe, pero es imperceptible. Habrá que esperar a Isaac Newton y a la ley de la gravitación universal para disponer de una explicación correcta del fenómeno. El movimiento de rotación de la Tierra se demostrará de forma definitiva en 1851 mediante el péndulo de Foucault. Por otro lado, las observaciones de Galileo demuestran que, al contrario de lo postulado por Aristóteles, el Sol presenta un movimiento de rotación y la superficie de la Luna presenta montañas; no es una esfera perfecta, lo cual contradice el modelo aristotélico.

El modelo aristotélico-ptolemaico aparentemente concuerda con distintos pasajes de las Sagradas Escrituras, interpretados literalmente, en especial con el libro de Josué, donde se muestra que el Sol se detuvo (Jos. 10, 12-14). No obstante, Aristóteles no siempre fue aceptado por la Iglesia y el modelo aristotélico-ptolemaico tiene un origen pagano. El propio Santo Tomás de Aquino, en su obra De Caelo, indica que la inmovilidad de los astros “no es necesaria, sino probable” y en esa misma obra dirá que “el estudio de la filosofía no consiste en saber lo que pensaron los hombres, sino de qué modo tiene lugar la verdad de las cosas (Beltrán, 2009)

Santo Tomas de Aquino, en su obra Suma Contra los Gentiles, nos advierte que “Aunque la citada verdad de la fe cristiana exceda la capacidad de la razón humana, no por eso las verdades racionales son contrarias a las verdades de fe” (libro I, capítulo VII) y un poco más adelante en esa misma obra enuncia: “En consecuencia, las verdades que poseemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento natural”, aunque siempre en caso de conflicto la razón quedará supeditada a la fe. El Aquinate afirma que la filosofía proporciona el conocimiento de la verdad de la naturaleza y la teología, el de la revelación divina. Seguramente, Santo Tomás contemplaría el caso de Galileo desde el ámbito de la filosofía y no desde el de la teología, como se desprende del trabajo de Zanotti (2016). En este mismo sentido, Galileo no ha puesto en duda la veracidad de las Sagradas Escrituras, ni habla de la existencia de una doble verdad, no puede existir contradicción entre el libro de la Naturaleza, la Gran Obra de Dios, y el Libro de la Revelación Divina que contiene la Palabra Viva de Dios — Este tipo de argumentos ya los había expuesto Galileo en su Carta a la Duquesa Cristina de Lorena (1615) y también son similares a los expuestos por Tommaso Campanella en su obra Apología pro Galileo (1622), según se indica en el trabajo de Javier Fernández de  2014—. San Agustín dice lo siguiente al respecto:

Si ocurriera que la autoridad de las Sagradas Escrituras se mostrara en oposición con una razón manifiesta y segura, ello significaría que quien interpreta la Escritura no la comprende de manera conveniente; no es el sentido de la Escritura el que se opone a la verdad, sino el sentido que él ha querido atribuirle; lo que se opone a la Escritura, no es lo que en ella figura, sino lo que él mismo le atribuye, creyendo que eso constituía su sentido (Epístola séptima, Ad Marcellinum

— Según indica Fernández (2014), citando a Santillana (1976), p. 97: “Agustín se había convertido en un autor ‘controversial’ que había de ser citado bajo su propio riesgo”. —

Tanto Santo Tomás como San Agustín invocan el principio de no contradicción entre dos verdades. Galileo apeló al principio de no contradicción y aportó evidencias suficientes en sus observaciones para refutar el modelo aristotélico, puesto que ya se había observado que los cuerpos celestes no eran esferas perfectas. Por otra parte, presentó indicios suficientes para seguir considerando la doctrina heliocéntrica a pesar de las múltiples incorrecciones  en sus demostraciones, aunque no era  menos cierto que existían incorrecciones en la exégesis llevada a cabo por los teólogos. 

El contexto histórico, sociocultural y político en el que se produjo la condena de Galileo no puede perderse de vista. El Concilio de Trento obligaba a una lectura literal de la Biblia y limitaba su interpretación a los teólogos de la Iglesia. Por otro lado, la Iglesia seguía luchando contra la escisión que suponía el protestantismo. Era la época de la Contrarreforma que finalizaría en 1648, coincidiendo con el fin de la Guerra de los Treinta Años (Artigas, Martínez, & Shea, 2003). Referente al caso Galileo, quizá con una lectura, abierta, profunda y sosegada de Santo Tomás de Aquino, como la que hacen autores contemporáneos (Pascual, 2003; Beltrán, 2009; Zanotti, 2016), la sentencia no se hubiera dado. Se puede decir que los teólogos de la época no supieron ver las pruebas que refutaban el modelo de Aristóteles, ya que Galileo demostró que los cuerpos celestes no eran esferas perfectas; tampoco supieron ver los indicios que apuntaban a la teoría heliocéntrica; además, se equivocaron en la exégesis. Galileo, por su parte, no fue capaz de presentar la prueba concluyente solicitada, pero en el terreno teológico acertó en la exégesis (Artigas, 2003).

 El destino de Galileo fue trágico, porque en realidad era culpable de lo que se le acusaba (Sanfélix, 1994). A su vez, la acusación presentada era injusta en cuanto se oponía a la razón y al conocimiento natural del que hablaba Santo Tomás de Aquino, aunque se ajustara a la “legalidad vigente” de la época. Galileo fue condenado por mantener una postura que resultó ser verdadera. La Iglesia Católica intentó, bajo el papado de Juan Pablo II, enmendar sus errores, aunque las conclusiones a las que llegó la comisión pontificia no fueron suficientemente satisfactorias para nadie, incluida la Iglesia. A pesar de la condena, por fortuna, el modelo heliocéntrico se siguió estudiando, no por Galileo, sino por otros autores, pero lo más importante fue que la tímida separación abierta por Santo Tomás de Aquino entre ciencia y teología, siglos atrás, se hacía cada vez más evidente. La ciencia reclamaba su libertad de investigación (Ahumada Canabes, 2008). Si bien gran parte de la ciencia occidental nació en instituciones eclesiásticas, la independencia entre ciencia y teología y la reclamación de la libertad en la investigación científica, que empezó de forma evidente con el caso Galileo, representaron el avance de la humanidad en muchos aspectos.  Sin duda, esta independencia ha permitido a la ciencia mejorar, de forma indiscutible, el bienestar de las personas en diversas facetas.

Respecto a la libertad de investigación, podemos decir que, en este y otros aspectos, “el hombre está condenado a ser libre” (como decía Jean Paul Sartre) y la ciencia debe seguir su camino para la explicación del mundo, la búsqueda de la verdad y el alcance del conocimiento, siempre manteniendo el respeto hacia culturas y religiones, pero sin verse sometida. En este caso en particular y en el de las libertades en general, estaríamos de acuerdo con el lema de la Universidad de Barcelona, modificado en 1934 por el rector Pere Bosch i Gimpera, censurado por el franquismo (suprimió la primera palabra) y recuperado en 1987: Libertas perfundet omnia luce.

La Revolución Científica no fue solo un conflicto entre Galileo y la Iglesia. Fue la primera fractura profunda entre dos formas de organizar el mundo: la forma teológica, que interpreta el cosmos como un texto, y la forma científica, que lo interpreta como una estructura.

Desde ese momento, la verdad dejó de depender de la autoridad y pasó a depender del método. El universo dejó de ser un organismo y se convirtió en un sistema. Y el ser humano dejó de ser intérprete de símbolos para convertirse en lector de leyes.

Ese desplazamiento ontológico sigue vigente hoy: cada vez que la ciencia reclama su autonomía, repite el gesto inaugural de Galileo. Cada vez que el método se impone sobre la autoridad, el mundo moderno se reafirma. Y cada vez que la investigación se libera de cualquier tutela, la luz de Libertas perfundet omnia vuelve a encenderse.           

Bibliografía

Ahumada Canabes, M. (enero-junio de 2008). La libertad de investigación científica. Orígenes de este derecho y configuración constitucional. Estudios Socio-Jurídicos, 10(1), 11-49.

Artigas, M. (2003). Galileo después de la comisión pontificia. Scripta Theologica, 35(3), 753-784.

Artigas, M., Martínez, R., & Shea, W. R. (2003). Nueva luz en el caso Galileo. Anuario de historia de la Iglesia, 12, 159-179.

Beltrán, O. H. (2009). Teología y ciencia en la obra de Santo Tomás de Aquino. Teología, 99, 281-299.

Bombal Gordón, F. (2014). Galileo Galilei: un hombre contra la oscuridad. Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Esp), 107(1-2), 55-78.

Fernández, J. (enero-abril de 2014). Tommaso Campanella: su defensa de Galileo y de la libertas philosophandiRev. Filosofía Univ. Costa Rica, 3(135), 87-93.

García Doncel, M. (s.f). El nuevo pensamiento científico. Pensamiento filosófico y científico clásico.. UOC.

López Sánchez, J. M., Refolio Refolio, C., & Moreno Gómez, E. (2006). La Tierra en el Universo. Recuperado el 27 de noviembre de 2016, de Museo Virtual de la Ciencia. CSIC: http://museovirtual.csic.es/salas/universo/universo1.htm

Pascual, R. (2003). La filosofía de la naturaleza como filosofía segunda en Aristóteles y en Tomás de Aquino. Atti del Congresso Internazionale sull'Umanesimo Cristiano nel III Millennio: La prospettiva di Tommaso d'Aquino, 21-25 settembre 2003. INSTITUTO UNIVERSITARIO VIRTUAL SANTO TOMÁS. Fundación Balmesiana – Universitat Abat Oliba CEU.

Sanfélix, V. (1994). La crítica de la razón teológica y el destino trágico de Galileo. Pensamiento, 50(196), 47-74.

Santillana, G. (1976). The Crime of Galileo. Chicago: University of Chicago Press.

Sobel, D. (1999). La hija de Galileo. Madrid: DEBATE.

Zanotti, G. J. (2016). ¿Qué habría opinado Santo Tomás de Aquino sobre el caso Galileo? En G. J. Zanotti, Antes y después de Popper. Reflexiones sobre filosofia de la ciencia (págs. 196-202). Pilar, Buenos Aires, Argentina: Instituto de Filosofía de la Universidad Austral. Documentos de Trabajo.

 

 

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