El poder sin centro: ontología de la ciudad global

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Es indudable que el mundo cada vez es más globalizado en el sentido de que funciona como una red interconectada, y que esta globalización se debe en gran parte a los avances de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), sin olvidar las mejoras de otras infraestructuras más “clásicas”, como los medios de transporte (Castells, 2004). El concepto de ciudad global fue definido por Saskia Sassen en su obra La ciudad global (1991). Las ciudades globales transcienden sus territorios nacionales y su actividad tiene repercusiones a nivel mundial, actuando como nodos de una red de ciudades globales a escala planetaria (Sassen, 1995). Se caracterizan por ser centros económicos, financieros, culturales y políticos de influencia planetaria. Aunque las TIC podrían sugerir una descentralización, se observa que la globalidad permite una nueva forma de centralización urbana (Sassen, 1998). Sin embargo, la ciudad global no puede ser entendida como un territorio ni como una unidad geográfica donde se concentran funciones económicas o institucionales; esa lectura pertenece a un paradigma que ya no describe la estructura ontológica del presente. Cuando Sassen afirma que “las ciudades globales actúan como nodos de una red planetaria” (Sassen 1995, 27), no señala una propiedad urbana, sino una mutación en la forma en que existe el poder. La ciudad global no es un lugar: es un punto de condensación donde flujos heterogéneos —infraestructuras, cuerpos, datos, algoritmos, arquitecturas técnicas— se ensamblan para producir efectos que ningún actor podría generar por sí solo. La centralidad que Sassen identifica no es un centro en sentido clásico, sino una centralidad dispersa, sostenida por redes que atraviesan escalas y que no dependen de la soberanía estatal. La ciudad global es una interfaz ontológica donde la agencia se redistribuye y donde el poder deja de tener un punto de origen, y es precisamente en esta mutación donde se revela que el poder contemporáneo no se organiza por centros soberanos, sino que emerge de ensamblajes sociotécnicos que redistribuyen la agencia entre humanos, infraestructuras y sistemas automáticos, desplazando tanto al Estado como al sujeto humano como fuentes privilegiadas de acción.

La mutación que revela la ciudad global exige un cambio de marco conceptual: ya no basta con describir funciones económicas o institucionales, ni siquiera con señalar la centralidad dispersa que Sassen identifica. Para comprender cómo se organiza el poder contemporáneo es necesario introducir la noción de red en sentido ontológico. Aquí la referencia a Bruno Latour resulta decisiva, porque su teoría del actor-red rompe con la idea de agentes aislados y muestra que la acción es siempre el resultado de asociaciones heterogéneas (Latour 2005). Esta perspectiva ofrece una vía para profundizar en lo que el posthumanismo ha señalado: desplazar al sujeto humano y al Estado como fuentes privilegiadas de acción, no para negar su existencia, sino para reubicarlos dentro de ensamblajes más amplios. La noción de red no es una metáfora sociológica ni un recurso descriptivo: es una categoría ontológica que explica cómo se produce la agencia en el presente (Ibid.). En este sentido, la ciudad global aparece como un ensamblaje sociotécnico en el que el poder no reside en instituciones humanas ni en sujetos individuales, sino en la capacidad de los ensamblajes para mantener la circulación. La agencia se reparte entre entidades heterogéneas: los cuerpos aportan presencia y decisión; las infraestructuras aportan continuidad material; los algoritmos aportan cálculo y modulación; los datos aportan memoria y anticipación; las arquitecturas técnicas aportan estabilidad y velocidad. El poder emerge de la interacción entre todos ellos, no de ninguno por separado. La ciudad global no concentra poder: lo fabrica. Su función no es representar, sino operar. Su ontología no es territorial, sino reticular.

Esta redistribución ontológica afecta directamente al Estado. Neil Brenner mostró que la globalización no lo erosiona, sino que lo re‑escala y lo re‑territorializa, obligándolo a insertarse en dinámicas que exceden su control (Brenner 2003). El Estado sigue siendo una institución relevante, pero su centralidad se transforma: ya no opera como el origen exclusivo del poder, sino como un nodo dentro del ensamblaje urbano‑global. Su capacidad no proviene únicamente de imponer, sino de adaptarse a flujos que desbordan su escala. La glocalización no es un fenómeno administrativo, sino una mutación ontológica: la organización del poder deja de ser territorial y se articula en redes. La ciudad global revela que la noción clásica de centro pierde capacidad explicativa en el análisis del poder contemporáneo, y que su organización ya no depende de un punto único ni estable. El poder circula. Y en esa circulación, el Estado funciona como superficie de inscripción donde ensamblajes sociotécnicos adquieren forma institucional, sin ser por ello el punto de partida del poder. Esta lectura ontológica permite comprender la persistencia de entidades que parecen funcionar como centros de soberanía. A primera vista, se presentan como focos de poder, pero esa impresión proviene de categorías políticas que ya no describen la estructura del presente. Ontológicamente, no son centros soberanos, sino nodos densos donde ensamblajes sociotécnicos adquieren una forma estatal. Su fuerza no deriva de la soberanía en sí misma, sino de la densidad de las redes que los atraviesan. Estos nodos condensan infraestructuras, cuerpos, algoritmos, datos y arquitecturas técnicas que exceden cualquier escala fija. La ciudad global no contradice la existencia de tales nodos; los explica. Las entidades contemporáneas son puntos donde la red adquiere forma estatal, no centros desde los que la red se organiza.

Desde esta perspectiva, la ciudad global funciona como la interfaz donde se hace visible la mutación del poder contemporáneo. Allí se decide la velocidad de las transacciones financieras, la circulación de mercancías, la movilidad de cuerpos, la producción y gestión de datos, la coordinación de infraestructuras críticas y la modulación de riesgos sistémicos. Una perturbación en Nueva York, Shanghái o Moscú no es un evento local: es una alteración del ensamblaje planetario. El colapso de Lehman Brothers en 2008 mostró cómo una crisis financiera en Wall Street se propagó a través de redes globales y desencadenó una recesión mundial (Tooze 2018). Del mismo modo, los cierres portuarios en Shanghái durante la pandemia de 2020–2022 paralizaron las cadenas de suministro internacionales, afectando desde la industria automotriz europea hasta el comercio minorista estadounidense (Baldwin y Freeman 2022). Y las tensiones energéticas vinculadas a Moscú en 2022 evidenciaron cómo una crisis regional puede desestabilizar infraestructuras críticas y mercados energéticos globales (IEA 2022). Estos casos muestran que la ciudad global opera como un nodo que estabiliza temporalmente flujos que exceden cualquier escala territorial. Su poder no reside en su tamaño ni en su población, sino en su capacidad de mantener la circulación. La ciudad global es la forma contemporánea del poder porque es la forma contemporánea del flujo. Y cuando ese flujo se interrumpe, se revela que el poder contemporáneo no tiene centro fijo, sino que depende de la continuidad de ensamblajes reticulares que atraviesan cuerpos, infraestructuras, algoritmos y datos.

La descentración del sujeto humano es una consecuencia directa de esta ontología. El sujeto sigue siendo el agente que toma decisiones y orienta procesos, pero ya no aparece como el origen exclusivo de la acción: su agencia se encuentra modulada por infraestructuras, algoritmos, datos y arquitecturas técnicas que condicionan la forma en que actúa. La ciudad global no es un espacio puramente humano, sino un espacio tecnogénico donde lo humano dirige, pero lo hace en interacción constante con sistemas no‑humanos que amplían, limitan o transforman sus decisiones. La descentración del sujeto no implica su desaparición, sino su reubicación dentro de una red donde la acción emerge de la cooperación entre entidades heterogéneas. Esta transición permite comprender que la agencia humana, aunque central, resulta insuficiente para describir por sí sola la producción del poder contemporáneo. El poder se expresa a través de humanos y de Estados, pero se sostiene en ensamblajes reticulares que integran cuerpos, infraestructuras, algoritmos y datos. La ciudad global revela que el poder contemporáneo es reticular, tecnogénico y emergente, y que lo humano, lejos de ser desplazado, se convierte en el punto de articulación de un entramado más amplio.

La descentración del Estado aparece como una consecuencia inevitable de la ontología reticular. El Estado ya no organiza el poder desde un centro soberano, sino que se organiza en función del poder que emerge de los ensamblajes. Su soberanía funciona como una forma de inscripción institucional, más que como un origen exclusivo del poder. La ciudad global muestra que el poder contemporáneo no puede pensarse desde categorías territoriales, institucionales o antropocéntricas. Su ontología es reticular, su lógica es emergente, su sujeto es múltiple y su organización no depende de un centro único ni estable. En esa ausencia de centro se revela la forma contemporánea del poder: un poder que no reside, sino que circula; un poder que no se posee, sino que se produce; un poder que no se localiza, sino que se ensambla. La ciudad global es la evidencia ontológica de que el poder contemporáneo se manifiesta como un fenómeno cuya producción no puede atribuirse a un origen único ni a un centro fijo, y donde ningún sujeto actúa como fuente exclusiva. Es la forma en que el poder existe cuando la técnica, la infraestructura, el cuerpo y el algoritmo se articulan en ensamblajes que exceden cualquier escala humana, pero que siguen incluyendo lo humano como agente decisivo dentro de la red.

La tesis que se desprende de este recorrido es clara: el poder contemporáneo no puede seguir siendo descrito desde categorías clásicas de soberanía, territorio o sujeto. La ciudad global revela que el poder es un proceso reticular y emergente, producido por ensamblajes sociotécnicos donde lo humano y lo no‑humano interactúan sin jerarquías fijas. El Estado y el sujeto humano continúan siendo relevantes, pero su centralidad se reconfigura en relación con redes más amplias que condicionan y amplifican su acción. Pensar el poder hoy exige abandonar la lógica del centro y adoptar una ontología de la circulación: un poder que se produce en el movimiento, que se articula en la interacción y que se estabiliza en nodos temporales sin origen ni soberanía absoluta. La ciudad global es, en este sentido, la figura ontológica que permite comprender la mutación del poder en la era tecnogénica.

Bibliografía 

Baldwin, Richard, y Rebecca Freeman. Supply Chain Contagion Waves: Thinking Ahead on Trade Disruptions. CEPR Policy Insight 114, 2022.

Brenner, Neil. La formación de la ciudad global y el re-escalamiento del espacio del Estado en la Europa Occidental post-fordista. EURE 29, no. 86 (2003): 5–35.

Castells, Manuel. La ciudad entre lo local y lo global. Discurso del Profesor Manuel Castells con ocasión del Doctorado Honoris Causa en Geografía concedido por la Universidad de León, 27 de abril de 2004. Recuperado el 22 de abril de 2017 de AGE. Asociación de Geógrafos Españoles: http://age.ieg.csic.es/temas/04-04-ciudad.htm

Deleuze, Gilles. “Post-scriptum sobre las sociedades de control.” L’Autre Journal 1 (1990): 3–7.

International Energy Agency (IEA). World Energy Outlook 2022. Paris: IEA, 2022.

Latour, Bruno. Reassembling the Social: An Introduction to Actor-Network-Theory. Oxford: Oxford University Press, 2005.

Sassen, Saskia. The Global City: New York, London, Tokyo. Princeton: Princeton University Press, 1991.

———. “La ciudad global: Una introducción al concepto y su historia.” Brown Journal of World Affairs 11, no. 2 (1995): 27–43.

———. “Ciudades en la economía global: enfoques teóricos y metodológicos.” EURE 24, no. 71 (1998): 5–25.

Tooze, Adam. Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World. New York: Viking, 2018.

 

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