El niño salvaje y el poder: cómo se construye un humano
El caso de Víctor de Aveyron, uno de los niños salvajes mejor documentados, constituye un punto de cruce entre la historia de la psicopedagogía, la antropología, la filosofía política y la teoría foucaultiana del poder. Víctor fue hallado en 1800 en los bosques de Saint‑Sernin‑sur‑Rance, en la región de Midi‑Pyrénées, y su captura coincidió con el final de la Ilustración, momento en el que se esperaba que su educación confirmara la tesis rousseauniana de la bondad natural del hombre (Viejo 2012). El joven médico Jean Marc Gaspard Itard solicitó autorización para iniciar un programa de culturización del niño, convencido de que podía convertirlo en un ser social. Ese programa, desarrollado con rigor, ha sido considerado como uno de los antecedentes de la psicopedagogía moderna y de la psiquiatría infantil (Martínez Mas y Gómez Conde 2012).
Dos siglos más tarde, la película de François Truffaut ofrece una vía de acceso distinta al caso. Al observar los gestos de Víctor, sus fugas y su relación con los espacios, la cámara revela una microfísica del poder que no aparece en los documentos clínicos. El film no presenta a Víctor como un caso médico, sino como una presencia irreductible que resiste cualquier técnica de socialización. Esta experiencia visual inspira la pregunta que guía este ensayo: ¿qué ocurre cuando una vida no puede ser plenamente capturada por los dispositivos que intentan producir un sujeto?
Pero más allá de su dimensión clínica, el caso de Víctor permite pensar la producción del sujeto desde la perspectiva foucaultiana. El documento lo expresa con claridad al señalar que “Víctor de Aveyron, una vez capturado, pierde su libertad, como niño salvaje, y pasa a ser controlado y vigilado por las diferentes instituciones a las que es confiado (y en las que es confinado)” . Esta observación condensa el núcleo del análisis: la captura inaugura un dispositivo de vigilancia, corrección y normalización que convierte al niño en objeto de saber y de intervención.
A partir de aquí se vuelve pertinente la lectura de Michel Foucault, quien mostró cómo las sociedades occidentales —en distintos momentos históricos— ejercen el poder mediante dispositivos disciplinarios y biopolíticos que actúan sobre los cuerpos y las conductas (Foucault 1975; 1976; 1979). El proceso de Itard reproduce en miniatura las técnicas disciplinarias descritas en Vigilar y castigar: ejercicios repetitivos, regulación de ritmos, corrección de desviaciones, instauración de hábitos. Sin embargo, el caso revela algo que Foucault deja en sombra: ¿qué ocurre cuando una vida no puede ser subjetivada? ¿Qué sucede cuando el dispositivo disciplinario se encuentra con una forma de vida que no encaja en sus moldes?
Aquí se abre el diálogo con otros autores que permiten ampliar el marco foucaultiano sin romperlo. Hannah Arendt, para quien el poder no es solo dominación, sino la capacidad de actuar en un espacio compartido donde los individuos aparecen ante los demás como sujetos (Arendt 1958). Desde esta perspectiva, el fracaso de Itard no se explica únicamente por la resistencia del niño, sino por la imposibilidad de generar ese espacio de aparición. Víctor no podía participar en un mundo común, y sin ese ámbito de acción conjunta no podía construir un “quién” propio. La lectura arendtiana revela que la producción del sujeto exige una capacidad de acción que Víctor quizá no podía ejercer.
Esta imposibilidad de constituir un sujeto en un espacio de aparición permite enlazar con otra línea de análisis, más radical, que desplaza la cuestión hacia los límites mismos de la inclusión política. Giorgio Agamben radicaliza esta cuestión al situar a Víctor en el umbral de la “vida desnuda”, vida administrada pero no reconocida políticamente (Agamben 1998). El niño es objeto de cuidados y vigilancia, pero nunca llega a ser sujeto político. Su existencia se desarrolla en una zona de indeterminación donde la vida es gestionada sin ser plenamente admitida en la comunidad. Esta perspectiva prolonga la lectura foucaultiana hacia los límites de la inclusión moderna: Víctor encarna una vida que puede ser intervenida, pero no integrada.
Si Agamben sitúa a Víctor en el límite de la inclusión política, otra perspectiva complementaria permite pensar no ya la exclusión, sino los procesos mismos de fabricación del sujeto. Peter Sloterdijk ofrece otra clave al describir la cultura como un conjunto de “antropotécnicas”, ejercicios mediante los cuales los humanos se producen a sí mismos (Sloterdijk 2009). El proyecto de Itard puede entenderse como una antropotécnica extrema: una técnica de fabricación del humano que combina disciplina, afecto y repetición. En este marco, el fracaso no es simplemente clínico, sino estructural: muestra que la producción del sujeto es contingente y que no toda vida puede ser moldeada según los parámetros de la cultura dominante. Esta lectura se enlaza con la interpretación de Vásquez Rocca (2013), quien sitúa el biopoder foucaultiano en relación con las antropotécnicas contemporáneas.
Más allá de las técnicas de fabricación del sujeto, es necesario considerar también las formas en que la vida se escapa de esos intentos de captura. Aquí la perspectiva de Gilles Deleuze introduce un desplazamiento decisivo. Para Deleuze, la resistencia no es simplemente oposición o rechazo, sino la afirmación de una potencia que busca otros modos de existencia. La “línea de fuga” no es huida, sino creación: un movimiento que desborda los dispositivos que intentan fijar la vida en identidades estables (Deleuze 1980).
Las fugas de Víctor no son interrupciones del proceso pedagógico, sino expresiones de un devenir que no puede ser domesticado. Cada escape, cada gesto que rompe la rutina disciplinaria, señala una potencia vital que no se deja reducir a los códigos clínicos o educativos. En este sentido, Víctor no es únicamente objeto de poder, sino sujeto de un devenir que se despliega fuera de las categorías con las que Itard intenta capturarlo.
La lectura deleuziana permite comprender que el fracaso del proyecto pedagógico no se debe solo a límites cognitivos o afectivos, sino a la imposibilidad de encerrar la vida en un molde. Víctor encarna una forma de existencia que no se deja organizar en un régimen de normalización, porque su potencia se expresa en movimientos que exceden cualquier técnica de subjetivación.
Para situar el caso en el conjunto del proyecto foucaultiano, conviene recordar la finalidad que el propio Foucault atribuye a su trabajo. Según la lectura de Morey (2008), Foucault afirma que su objetivo no ha sido “analizar los fenómenos de poder”, sino “producir una historia de los diferentes modos de subjetivación de los seres humanos en nuestra cultura”. Esa historia se articula en torno a tres modos de objetivación: el epistemológico, el político y el ético. En el caso de Víctor, estos tres modos se entrecruzan: el niño es objeto de saber médico y pedagógico; es objeto de decisiones políticas sobre su tratamiento y su destino; y es objeto de prácticas éticas que buscan constituirlo como sujeto de acción moral.
El caso de Víctor es, en este sentido, una ontología histórica en miniatura: muestra cómo una vida que ha escapado a la socialización primaria es capturada por un entramado de saber y poder que intenta reconstruirla según los parámetros de la cultura dominante (Terol Rojo 2013). El fracaso parcial de ese intento revela los límites de esas técnicas y la contingencia de los modos de subjetivación.
La historia de Víctor no tiene un final feliz. A pesar de los tímidos éxitos de Itard en la socialización del niño, los progresos fueron escasos y nunca llegó a alcanzar una socialización completa. El documento lo resume así: “El niño que había sobrevivido ‘milagrosamente’ en estado salvaje no pudo valerse por sí mismo dentro de la sociedad y tuvo que ser cuidado hasta su muerte” . Es posible que Itard no tratara de comprender el mundo de Víctor, sino de sustituirlo por otro que él y la sociedad consideraban mejor (Martínez Mas y Gómez Conde 2012). El caso ilustra así el panoptismo foucaultiano: vigilancia, control y corrección para la producción de sujetos, panoptismo que afecta tanto a Víctor como al propio Itard.
En última instancia, el caso de Víctor de Aveyron permite ver los intentos de construcción de un sujeto desde la arqueología del saber hasta la genealogía del poder. Podemos preguntarnos si la socialización de Víctor podría haberse hecho de otra manera; probablemente sí. Pero esa posibilidad no implica que no se hubieran activado los mismos mecanismos de biopolítica y biopoder con otros actores y otros métodos. El fracaso del resultado no refuta los planteamientos de Foucault: el poder fue productivo, pero el producto no resultó ser lo que se esperaba. Aunque Víctor no alcanzara la socialización completa, no se puede negar su humanidad ni lo que hicieron de él. Como recuerda Sartre (1943), “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.
Bibliografía
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