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# El liderazgo en la sociedad contemporánea: del Antropoceno al futuro
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- Published: 2026-09-13T11:34:36.000Z
- Updated: 2026-09-13T11:34:36.000Z
- Author: FilosofoCientifico

Este artículo no busca negar la importancia del liderazgo emocional ni cuestionar su utilidad en la práctica organizativa. Su propósito es situarlo dentro de un marco más amplio en el que las redes sociotécnicas, la arquitectura del sistema y la distribución de la agencia adquieren un papel decisivo en organizaciones complejas y reticulares.

En las dos últimas décadas, las grandes empresas han intentado adaptar sus modelos de liderazgo a las necesidades contemporáneas. El tránsito desde estructuras jerárquicas de corte casi militar hacia modelos todavía jerárquicos pero transversalizados ha dado lugar a un conjunto de prácticas centradas en inteligencia emocional, gestión del conflicto, asertividad y motivación del empleado, en línea con la transformación organizacional descrita por Boltanski y Chiapello (2005), donde las empresas adoptan modelos flexibles orientados a la iniciativa individual y a la adaptación continua. En este contexto, la inteligencia emocional se consolida como una competencia clave del liderazgo, siguiendo la propuesta de Goleman (1995), y el rol del líder se redefine: continúa tomando decisiones, pero su función principal pasa a ser atender las necesidades de los trabajadores y facilitar su desempeño.

A líderes y colaboradores se les exige resiliencia, en consonancia con la caracterización de la modernidad líquida formulada por Bauman (2000), según la cual las organizaciones son estructuras en cambio permanente que deben ajustarse a un entorno volátil. Este modelo ha supuesto un avance en la resolución de conflictos y en la gestión de la motivación, aunque algunos de sus supuestos prácticos —como la necesidad de sacar al individuo de su zona de confort para mejorar su rendimiento— resultan discutibles y no serían necesarios en otros enfoques.

Sin embargo, la sociedad y el mundo laboral actuales presentan una configuración cada vez más reticular: las empresas funcionan como redes internas compuestas por múltiples nodos y, simultáneamente, como nodos dentro de redes sociales y económicas más amplias. Esta perspectiva coincide con la descripción de los sistemas sociotécnicos desarrollada por Latour (2005), donde la agencia se distribuye entre elementos humanos y no humanos. Es esta estructura híbrida la que exige imaginar nuevas formas de liderazgo capaces de responder a la lógica de los sistemas en red, tal como sugieren los enfoques posthumanistas contemporáneos de Braidotti (2013).

El liderazgo reticular se fundamenta en el conocimiento preciso de las funciones que desempeña cada punto de la red. El líder debe identificar las competencias y potencialidades de los miembros de su equipo para convertirlas en acto y situar a cada persona en el nodo adecuado, de acuerdo con sus capacidades y conocimientos. Esta tarea exige una comprensión fina de la arquitectura de la red y de la manera en que cada nodo contribuye a la eficacia global del sistema. El liderazgo reticular puede definirse como una forma de gobierno de ensamblajes sociotécnicos basada en la asignación dinámica de funciones, la transparencia de posiciones y la integración no autoritaria de perspectivas. No se identifica con el liderazgo distribuido, la holacracia, la gestión transversal ni los modelos ágiles, porque no se limita a descentralizar la autoridad ni a fomentar la colaboración horizontal. Su especificidad reside en concebir la agencia como una propiedad del sistema y no del sujeto, y en entender el liderazgo como la capacidad de mantener la coherencia funcional de la red mediante el ajuste continuo de nodos, flujos y responsabilidades.

El líder reticular interactúa también con otros nodos que ejercen funciones de liderazgo, normalmente fuera de estructuras jerárquicas rígidas. En este contexto, la coordinación entre equipos no se basa en la autoridad, sino en la capacidad de presentar decisiones correctas y argumentadas. Cuando no se alcanza un acuerdo, deben intervenir otros nodos de la red. Incluso en una estructura reticular es necesario mantener niveles diferenciados, pero estos no corresponden a jerarquías de mando. Se trata de jerarquías funcionales de integración: nodos cuya responsabilidad consiste en sintetizar perspectivas, resolver desacoplamientos y mantener la coherencia del sistema sin ejercer autoridad vertical sobre los demás actores. Estos niveles no se conciben como jerarquías clásicas, sino como nodos integradores capaces de sintetizar las distintas perspectivas presentadas y garantizar la coherencia de la red.

Una de las formas de evitar conflictos operativos consiste en que la estructura reticular sea completamente transparente y que todos los actores comprendan que su desempeño no es fijo, sino que depende del nodo en el que su función resulte más eficiente. Esta transparencia reduce de manera significativa las fricciones operativas, aunque no puede resolver por sí sola conflictos derivados de políticas corporativas o desigualdades estructurales. Asimismo, disminuye la dependencia de técnicas motivacionales externas, que siguen siendo útiles en situaciones específicas, pero dejan de constituir el eje principal del liderazgo.

En este modelo, la motivación adquiere un carácter estructural: depende del acoplamiento entre capacidades, funciones y posiciones dentro de la red, lo que reduce la necesidad de técnicas psicológicas externas sin eliminarlas por completo. El liderazgo emocional sigue siendo necesario en situaciones de crisis interpersonal, acompañamiento de equipos o comunicación de cambios sensibles, pero ya no basta como paradigma principal para organizaciones complejas y reticulares. Su función se reubica dentro de un marco más amplio donde la arquitectura del sistema adquiere un papel decisivo. Cada actor conoce su utilidad dentro de la red y desempeña las funciones para las que se ha formado. En este contexto, la vivibilidad de los sistemas técnicos debe entenderse en sentido estrictamente funcional: se refiere a su estabilidad operativa dentro del ensamblaje, no a un estatuto moral equivalente al de los actores humanos. La red debe operar bajo una ética posthumanista entendida como el diseño de condiciones de vivibilidad para todos los nodos con agencia, humanos y técnicos, en coherencia con la ampliación de los principios de beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia hacia la totalidad del ensamblaje sociotécnico, tal como se sostiene en la propuesta contemporánea de ética posthumanista (FilosofoCientifico 2026). Esta ampliación no implica equiparar el estatuto moral de los actores humanos y los sistemas técnicos, sino reconocer que las mediaciones tecnológicas condicionan la acción humana y la estabilidad de la red. En consecuencia, la responsabilidad del liderazgo debe atender también a la integridad funcional de los dispositivos, infraestructuras y sistemas artificiales que participan en la organización, dado que su deterioro o mal diseño afecta directamente a los actores humanos y a la coherencia del sistema.

La adopción de un liderazgo reticular implica una transformación profunda en la manera en que las organizaciones comprenden la agencia, la responsabilidad y la motivación. En primer lugar, consolida el desplazamiento del foco desde el individuo hacia la arquitectura del sistema: la eficacia se evalúa en términos de acoplamiento entre funciones, nodos y flujos, más que en términos de cualidades personales del líder. Este enfoque reduce la dependencia de competencias psicológicas como el carisma, la gestión emocional o la capacidad de influir interpersonalmente, y sitúa la responsabilidad en el diseño estructural de los flujos de información y de las posiciones funcionales.

En segundo lugar, el liderazgo reticular redefine la motivación como un efecto emergente de la posición en la red. La motivación no se concibe como un estado interno que debe ser activado mediante técnicas de coaching, sino como la consecuencia de estar situado en un nodo coherente con las capacidades, conocimientos y responsabilidades del actor. Cuando la arquitectura es adecuada, la motivación aparece sin intervención externa; cuando es inadecuada, ninguna técnica psicológica puede suplir la disfunción estructural.

En tercer lugar, este modelo permite reducir conflictos operativos. La transparencia de la red y la movilidad funcional reducen de manera significativa las fricciones derivadas de expectativas mal ajustadas, roles ambiguos o posiciones ineficientes. Los conflictos que persisten —como los salariales o los derivados de políticas corporativas— no se abordan desde el liderazgo reticular, sino desde otras redes normativas y administrativas, lo que evita sobrecargar al líder con responsabilidades que no pertenecen a su ámbito de acción.

En cuarto lugar, el liderazgo reticular consolida una jerarquía integradora: niveles diferenciados cuya función principal es sintetizar perspectivas y mantener la coherencia del sistema. El poder se redefine como capacidad operativa situada en nodos de integración, no como atributo personal asociado a posiciones de mando.

Finalmente, la incorporación de una ética posthumanista amplía el alcance normativo del liderazgo. La responsabilidad del líder no se limita a los actores humanos, sino que incluye la vivibilidad de los sistemas técnicos que participan en la red. Esta ampliación permite orientar la acción en organizaciones donde la agencia está distribuida entre personas, dispositivos, infraestructuras y sistemas artificiales, y garantiza que las decisiones respeten la integridad funcional del ensamblaje sociotécnico. Desde una perspectiva organizativa, este enfoque puede entenderse también como una contribución a la mejora continua de los sistemas, en línea con modelos que priorizan la eficiencia del conjunto mediante la reducción de fricciones, la clarificación de roles y el ajuste de los flujos que conectan personas, funciones, tecnología y procesos.

En conjunto, el liderazgo reticular constituye un marco complementario y evolutivo frente a los límites del liderazgo emocional clásico. No se limita a corregir sus insuficiencias, sino que desplaza el foco hacia la arquitectura del sistema y hacia la distribución de la agencia en ensamblajes sociotécnicos complejos. En un entorno donde la interdependencia y las mediaciones técnicas definen la acción organizativa, este modelo ofrece una perspectiva capaz de pensar el liderazgo más allá del sujeto humano y de situarlo en la lógica reticular que caracteriza a la sociedad contemporánea.

## **Bibliografía** 

Boltanski, Luc, y Ève Chiapello. 2005\. *The New Spirit of Capitalism*. London: Verso.

Bauman, Zygmunt. 2000\. *Liquid Modernity*. Cambridge: Polity Press.

Braidotti, Rosi. 2013\. *The Posthuman*. Cambridge: Polity Press.

FilosofoCientifico. 2026\. “Ética posthumanista.” *Entre bastidores: el ser, la existencia y otros asuntos*. Publicado el 2 de septiembre de 2026\. <https://entre-bastidores-el-ser-la-existencia-y-otros-asuntos.ghost.io/etica-posthumanista/>.

Goleman, Daniel. 1995\. *Emotional Intelligence*. New York: Bantam Books.

Latour, Bruno. 2005\. *Reassembling the Social: An Introduction to Actor‑Network Theory*. Oxford: Oxford University Press.